Palabra de mujer, por Eva Peruga

Las palabras tienen una función. De ahí que el uso que sea haga de ellas y quien las use sea clave para su definición. Eso sucede porque no hay academia o tratados mundiales mínimamente pactados que logren contener la avalancha manipuladora que se ejerce sobre las palabras. La sensación de frustración y el abandono cunden cuando hay que pelear por lo que parece obvio. Cuando la ensalada de palabras se nos indigesta.
Nos han vuelto a meter en una especie de centrifugadora en la que el término mujer y qué hacer con las mujeres giran hasta confundirse porque, en realidad, ese es el objetivo, plantar las dudas para que vayan germinando. La Generalitat, por ejemplo, ha dado el paso de personarse como acusación popular en el caso contra el imán de la mezquita de Terrassa, Abdeslam Laaroussi, porque en sus sermones incita a la violencia física y psíquica contra las féminas. Ha dicho: «¡Pegarlas!» y otras palabras que, sin ser sintacticamente iguales, conducen al mismo sitio.
DADA SU PARROQUIA, sus sermones son torpedos contra las mujeres musulmanas. ¿Qué sabemos exactamente de ellas? Al igual que las de aquí, aunque no nos lo parezca, han estado en el centro del debate por su aspecto exterior (burkas y demás), pero a nadie le ha importado o nadie se ha puesto a indagar sobre lo que les sucede allí donde los seguidores de imanes como Laaroussi explayan su poder de acción, sin control interno ni externo. En teoría, están protegidas por las mismas leyes que las españolas si es que ya no lo son. Por eso, es un paso acertado hacer notorio el mensaje de que no son neutras y de que es imposible que cumplan la función deseada en nuestra sociedad. Hasta ahora solo hay ideas muy claras, por ejemplo, sobre los minaretes y nulas respuestas para ellas. Existe un ramillete de normas que, finalmente, tapan el mar de la exclusión de estas mujeres en cuestiones básicas como el empleo, la vivienda y el ocio.
Y, entonces, se pasa a la segunda fase. La de preguntarse por qué se ha legislado en varios países occidentales contra la incitación al racismo o a la xenofobia y, en cambio, la violencia verbal contra las mujeres, ariete de la otra, no cuenta con dispositivos concretos y acordes al peso numérico de féminas en la sociedad. ¿Cuántas personas mueren por ataques racistas en Europa? ¿Cuántas por violencia machista? Pero la cuestión, lejos de solventarse, se complica. Estas mujeres, de color y religión diferente, añaden a sus muescas de sufrimiento por todo lo dicho anteriormente el hecho de ser la víctima más asequible también para los racistas. La semana pasada un presunto ultra británico roció con ácido a una joven camerunese que iba con su bebe en el cochecito en un suburbio de Manchester. Él tomó la palabra.
Si ellas no hablan, está claro que otros lo harán por ellas. Las definirán y dirán que usan las palabras en su nombre. Sucede así. De forma sorprendentemente coincidente cuando el interés real no son las mujeres sino que a ellas se las usa de pantalla para caza mayor. Con una gran zancada el ministro de Justicia, Alberto Ruíz-Gallardón, intenta llevarnos al pasado y lejos de la más próspera Europa.
Si no hubiera quedado registrado en los papeles y las cintas, resultaría dificil creer que una persona con un cargo de tamaña responsabilidad pueda arrojar la palabra mujer encima de la mesa como objeto de polémica –¿esa era su intención, no?– y apropiarse de términos paridos con sangre por muchas mujeres para su disfrute político y personal. ¿Quién nos protege? Se nota que el ministro no es ni mujer ni madre. Es lo que pasa cuando se arrebata la palabra a las féminas. En este tema y en otros, los que se ofrecen para ser los llamados abogados de los pobres suelen ser siempre los que te llevan al cadalso. Palabra de mujer. H

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