Nuestro lugar en el cielo, por Mar Vicent

Alguno de esos autores ocurrentes y anónimos que habitan en las redes sociales escribió a raíz del cambio de hora efectuado este domingo (ya saben, a las tres serán las dos), que resultaba incomprensible la necesidad de retrasar una hora si desde que gobierna este gobierno hemos retrocedido 30 años.

Así es para las mujeres que creíamos haber conseguido nuestro lugar en el cielo, cuando en realidad se ha demostrado que era un lugar provisional, de quita y pon. Reclamamos y obtuvimos el privilegio de ser educadas y formadas junto con los varones, sin segregarnos  como si fuéramos seres de menos derechos o con diferentes opciones. Aporreamos las puertas del mercado laboral y reclamamos las condiciones de trabajo necesarias para hacer compatible nuestra vida familiar y laboral. Reivindicamos nuestro derecho a no ser las responsables en exclusiva de los menores y las personas dependientes porque su atención era responsabilidad de toda la sociedad y no sólo de las mujeres, que debíamos subordinar nuestro proyecto personal a la obligación indelegable del cuidado de quienes no podían quedar desatendidos. Descubrimos que la igualdad de derechos era la base de nuestra libertad y nuestra autonomía y que la convivencia con nuestras parejas podía y debía ser una elección libre, sin condiciones y sin presiones. También conseguimos que se reconociera nuestro derecho a ser las dueñas de nuestro cuerpo. A que la maternidad fuera siempre  una elección y nunca una imposición.

Hoy se está proyectando un diseño de sociedad que nos hace volver atrás, a tiempos que fueron muy duros e injustos para las mujeres. Se vuelve a pretender que nos eduquemos separadas de los varones porque nuestro valor no es equivalente, ni nuestras expectativas y oportunidades son las mismas. Se intenta que volvamos a las tareas domésticas como opción obligatoria,  trabajando como esclavas, sin salario, sin reglas y  sin reconocimiento en el cuidado de quienes lo necesitan, ahorrando así gastos al Estado que abdica de su responsabilidad. Y a las que se empecinan en trabajar y consiguen no ser despedidas, se las castiga con unas condiciones laborales de extrema dureza y arbitrariedad. Quieren hacer de nosotras seres dependientes y desvalidos ahondando en  desigualdades que nos dejan inermes ante la violencia. Hasta pretenden arrebatarnos el control sobre nuestro propio cuerpo porque  son otros, con sus reglas y criterios los que decidirán sobre nuestra maternidad.

El futuro que están preparando para las mujeres del futuro,  y el presente que nos quieren hacer vivir es una estafa enorme que quieren imponer con un discurso paternalista y coercitivo. No tiene nada que ver la resolución de la crisis económica que aquí no es más que un factor colateral que justifica medidas y argumenta la dureza de las imposiciones. La apuesta es grande porque están en juego logros y avances que fueron resultados de grandes esfuerzos y sacrificios. Y el contexto es difícil porque en medio de una ofensiva general contra los derechos democráticos, la dignidad de las mujeres siempre es una de las primeras víctimas.

Resistir es  el primer paso hacia la victoria porque nuestra aspiración sigue siendo la misma: iguales derechos, iguales oportunidades. Reivindicamos nuestro lugar en el cielo, aunque esté nublado.

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