Maternidad subrogada, Gestación por sustitución o Vientres de alquiler, ¿debate abierto?

– Campaña NO SOMOS VASIJAS.

MANIFIESTO: LAS MUJERES NO SE PUEDEN ALQUILAR O COMPRAR DE MANERA TOTAL O PARCIAL

Las personas que suscriben este manifiesto muestran su preocupación ante los variados pronunciamientos a favor de la regulación de la maternidad subrogada, o la práctica de alquilar vientres de mujeres en favor de terceros. Para que los partidos políticos y los gobiernos, nacional y autonómicos, estén alerta y no se dejen engañar por campañas mediáticas, a todas luces parciales, deben tener presente que el deseo de paternidad/maternidad  nunca puede sustituir o violar los derechos que asisten a las mujeres y los y las menores.  El deseo de ser padres-madres y el ejercicio de la libertad no implica ningún derecho a tener hijos. Por ello mostramos nuestro absoluto rechazo a la utilización de los “vientres de las mujeres con fines de gestación para otros” que se fundamenta en las siguientes razones:

  • Porque abogamos por el derecho a decidir de las mujeres en materia de derechos sexuales y reproductivos. La maternidad por sustitución niega a las mujeres gestantes el derecho a decidir durante el proceso de embarazo y en la posterior toma de decisiones relativas a la crianza, cuidado y educación del menor o la menor.
  • Porque elegir es preferir entre una serie de opciones vitales. La elección va acompañada, a su vez, de la capacidad de alterar, modificar o variar el objeto de nuestras preferencias. La maternidad subrogada no sólo impide a las mujeres la capacidad de elección, sino que además contempla medidas punitivas si se alteran las condiciones del contrato.
  • Porque la llamada “maternidad subrogada” se inscribe en el tipo de prácticas que implican el control sexual de las mujeres: si en las sociedades tradicionales, los matrimonios concertados o la compra por dote, son las típicas formas en que se ejerce el control sexual de las mujeres, en las sociedades modernas, la prohibición del aborto, la regulación de la prostitución y la maternidad subrogada son sus más contundentes expresiones.
  • Porque alquilar el vientre de una mujer no se puede catalogar  como “técnica de reproducción humana asistida”. Las mujeres no son máquinas reproductoras que fabrican hijos en interés de los criadores. Es, por el contrario, un evidente ejemplo de “violencia obstétrica” extrema.
  • Porque el “altruismo y generosidad” de unas pocas, no evita  la mercantilización, el tráfico y las granjas de mujeres comprándose embarazos a la carta. La recurrencia argumentativa al “altruismo y generosidad” de las mujeres gestantes, para validar la regularización de los vientres de alquiler, refuerza la arraigada definición de las mujeres, propia de las creencias religiosas, como “seres para otros” cuyo horizonte vital es el “servicio”, dándose a los otros. Lo cierto es que la supuesta “generosidad”, “altruismo” y “consentimiento” de unas pocas solo sirve de parapeto argumentativo para esconder el tráfico de úteros y la compra de bebés estandarizados según precio.
  • Porque cuando la maternidad subrogada “altruista” se legaliza se incrementa también la comercial. Ningún tipo de regulación puede garantizar que no habrá dinero o sobornos implicados en el proceso. Ninguna legalización puede controlar la presión ejercida sobre la mujer gestante y la distinta relación de poder entre compradores y mujeres alquiladas.
  • Porque no aceptamos la lógica neoliberal que quiere introducir en el mercado “los vientres de alquiler”, ya que se sirve de la desigualdad estructural de las mujeres para convertir esta práctica en nicho de negocio que expone a las mujeres al tráfico reproductivo.
  • Porque las mujeres no se pueden alquilar o comprar de manera total o parcial. La llamada “maternidad subrogada” tampoco se puede inscribir, como algunos pretenden, en el marco de una “economía y consumo colaborativo”: la pretendida “relación colaborativa” sólo esconde “consumo patriarcal” por el cual las mujeres se pueden alquilar o comprar de manera total o parcial.
  • Porque nos mostramos radicalmente en contra de la utilización de eufemismos para dulcificar o idealizar un negocio de compra-venta de bebés mediante alquiler temporal del vientre de una mujer, viva ésta en la dorada California o hacinada en un barrio de la India. Así es que nos afirmamos en llamar a las cosas por su nombre, no se puede ni se debe describir como “gestación subrogada” un hecho social que cosifica el cuerpo de las mujeres y mercantiliza el deseo de ser padres-madres.
  • Porque la perspectiva de los Derechos Humanos  supone rechazar la idea de que las mujeres sean usadas como  contenedoras  y sus capacidades reproductivas sean compradas. El derecho a la integridad del cuerpo no puede quedar sujeto a ningún tipo de contrato.

Así pues, nos declaramos en contra de cualquier tipo de regulación en torno a la utilización de mujeres como “vientres de alquiler”.

– Mercado, vientres de alquiler, prostitución, aborto… El mismo debate, por Beatríz Gimeno (2015):

Parece que el debate sobre los vientres de alquiler va a dividir a las feministas exactamente igual que el de la prostitución. Y no es extraño. Creo que, para empezar, no estaría de más reflexionar por qué los temas en los que parecemos incapaces de ponernos de acuerdo son aquellos en los que hay empresas muy poderosas de por medio; empresas que, casualmente, no aparecen nunca en el debate intrafeminista, aunque podemos imaginar que de alguna manera tienen que condicionar las políticas que les afectan y desde luego deben condicionar una parte del discurso; cualquier empresa de cualquier sector lo haría.

No es posible un debate real si no entendemos que no estamos debatiendo de lo mismo, ni con los mismos medios. A un lado habrá gente convencida y posiciones ideológicas puras, no lo dudo, pero hay mucho dinero en juego y hay poderosos lobbies funcionando. Del otro, hay posiciones ideológicas que pueden estar equivocadas, pero no hay dinero. Y esto lo condiciona todo. Al menos deberíamos hacer visible esa diferencia. Donde hay dinero hay mucho esfuerzo por crear hegemonía ideologica y cultural. Y hay resultados también.

Ambos debates tratan de lo mismo, de la libertad individual frente a lo social, del poder del mercado en definitiva, aunque aquí añadimos la cuestión patriarcal, que no es poca cosa. No hablamos sólo de prostitución y vientres de alquiler o, al menos, yo no lo hago. Yo hablo de óvulos, sangre, órganos, trabajo, niños/as y todo aquello que es, o puede ser, objeto de compra/venta en el neoliberalismo. Yo hablo de cómo se construye y se entiende la libertad individual en todos esos casos y muchos otros. Hablo por tanto de estructuras sociales y económicas, y hablo de que no entiendo por qué quien es capaz de ver la estructura en muchos casos, no la ve cuando hablamos de mujeres; por qué quien denuncia como injusto que vayamos a un sistema en el que los pobres se vean obligados a vender su sangre como en el siglo XIX, les parece bien en cambio que eso mismo lo hagan las mujeres con las partes o capacidades de sus cuerpos que les son propias y que demandan los mercados.

Parece ser que ver la estructura económica neoliberal es mucho más fácil de ver que la estructura patriarcal, por más que las feministas digamos tenerla siempre en cuenta. La razón de esto la conocemos: absoluta naturalización de la posición social, sexual, económica de las mujeres, naturalización del funcionamiento sexista de las instituciones culturales, políticas, económicas, simbólicas etc.

Emilia Arias ha escrito un artículo en el que se hace eco del debate suscitado recientemente con el manifiesto #nosomosvasijas y se hace también una serie de preguntas retóricas a las que quiero contestar. Sus preguntas me parecen retóricas porque, como ocurre con la prostitución, la mayoría de la gente que se hace preguntas respecto a estos temas, tiene sus respuestas decididas de antemano y casi nadie asume la posibilidad de cambiar de opinión dependiendo de las respuestas.

1.¿Estamos siempre frente a un abuso de poder o también frente a estrategias adoptadas desde la libertad individual para cambiar o mejorar determinadas condiciones de vida? 

Obviamente siempre que alguien hace algo sin tener una pistola apuntándole es porque ese algo mejora sus condiciones de vida. Cuando las mujeres de Bangladesh trabajan por 2 dólares al mes eso es mejor que no ganar absolutamente nada. Cuando aquí aceptamos salarios de 700, es mejor que nada y firmamos esos contratos con nuestra propia mano. Estamos ante el argumento neoliberal por excelencia. Aquí no hay esclavos/as, sino gente que acepta las condiciones dadas. Es el eterno tema de la libertad individual frente a lo social y lo político en el neoliberalismo. El sistema crea las condiciones necesarias para que mucha gente tenga que “optar” por hacer justo lo que el sistema exige y necesita.

En el caso de las mujeres, el sistema que las condiciona es doble: patriarcal y neoliberal y las condiciones de partida son siempre peores, las opciones más limitadas. Pero sí, casi todo lo que hacen las mujeres son estrategias para mejorar sus condiciones de vida, por supuesto, y considerar que eso es lícito no exime de analizar críticamente las opciones que se les presentan a las mujeres. Máximo respeto a sus decisiones, lucha sin cuartel contra el sistema.

2- ¿Hay mujeres que pueden hacerlo por generosidad?

Naturalmente,  pero numéricamente son muy pocas. Si Emilia Arias hubiera revisado las leyes existentes hubiera visto que hay varios países en los que la donación de vientres está permitida (y yo soy partidaria de estas leyes). Es un acto de enorme generosidad al que no me opongo. ¿Cuál es el problema entonces? Que sólo se dona por amor y generosidad: una amiga por un amigo querido, una madre por una hija o una hermana por otra. No hay donaciones a desconocidos (o serían mínimas), de la misma manera que nadie dona un riñón a un desconocido, aunque sí a un hijo o a una amiga.

Gran Bretaña es un ejemplo. En ese país, la donación está permitida pero un juez vigila que no haya dinero por medio. ¿Resultado? Sin dinero no hay apenas casos y no se cubre ni por asomo la demanda, que sigue acudiendo a los países pobres o, en caso de tener mucho dinero, a EE.UU. Allí se ha abierto un sistema en el que las mujeres de clase media baja pueden ganar un dinero que les es muy necesario para cubrir necesidades como seguros médicos o universidad para los hijos/as. Los padres/madres subrogantes, así como las empresas, se esfuerzan en decir que ellas no lo hacen por dinero, pero si no tienes varios miles de euros no hay niño/a. Seguramente, las mismas mujeres piensen que lo hacen por generosidad.

De todas formas, no está de más consultar las muchas asociaciones de mujeres arrepentidas de haberlo hecho y a las que la experiencia les ha destrozado la vida. Como en el caso de la prostitución, sólo vemos y atendemos a la parte que nos da la razón en nuestros argumentos. Y la parte que nos da la razón oculta una ingente cantidad de dolor humano que pasa completamente desapercibida en el debate. En ambos debates parece mucho más importante tener razón que empatizar con el dolor ajeno.

3- ¿Por qué si puedo vender fuerza de trabajo, no puedo vender mi capacidad reproductora?

No es lo mismo, porque cultural, simbólica y subjetivamente no es lo mismo. En todo caso, no hay aquí espacio para argumentarlo. Pero, para empezar, está por ver que lo que se venda sea la capacidad reproductiva. Lo que se vende es un niño/a. Alguien da dinero y alguien les entrega un niño o niña.

¿Qué diferencia hay entre encargar un niño por dinero o comprarlo una vez ya nacido? No encuentro ninguna. ¿Es lo mismo vender la fuerza de trabajo que a los niños/as? Bueno, para el neoliberalismo sí, de hecho la escuela neoliberal de Chicago tiene varios trabajos en los que se defiende que debería abrirse el mercado de niños pobres. Su argumento es impecable: hay niños pobres que nadie quiere, hay ricos que quieren a esos niños/as: venderlos es lo más eficiente. Para las personas antineoliberales no. El mercado no debe regular las relaciones humanas, ni las personas pueden ser objeto de compra/venta.  Es una cuestión puramente ideológica: Aquí hay poco que debatir, se trata de lucha política.

4- ¿Por qué no regular para así mejorar los derechos de las mujeres? 

Tampoco esta pregunta tiene respuesta porque es igualmente ideológica y política. Se regula desde y para el régimen político y económico imperante, esto es, se regula desde el mercado y para el mercado. Muchas pensamos que hay cuestiones que deben mantenerse fuera del mercado. En todo caso, los 600 euros de salario están regulados, el trabajo por 2 dólares en la India está regulado. Eso es lo que dice la Escuela de Chicago de la compra/venta de niños/as, que su regulación abriría un enorme mercado en mejores condiciones para todos/as. Al fin y al cabo ya se venden niños y niñas, pero la falta de regulación hace que esto se haga en malas condiciones.

Cierto, desde el punto de vista neoliberal, es incluso posible que esa regulación trajera mejoras a esos niños/as. Esto es como la pregunta 1 y la libertad. Si regulamos el trabajo infantil o el trabajo esclavo, algo mejorarán estas personas pero esa no es la cuestión. Muchas personas defendemos una ética social en la que no sea el mercado el mecanismo que regule la vida. Luchamos por expulsar al mercado de nuestras vidas. Luchamos también por hacer visible la estructura neoliberal y patriarcal que aquí se da por naturalizada, como si no hubiera otra posibilidad, otro mundo posible, y a la que se atribuye incluso capacidad para mejorar la vida de las mujeres.

5- Vigilemos que los contratos que se establezcan no sean abusivos y les dejen capacidad para decidir a las gestantes en todo momento.

Ah, el contrato… para la ideología neoliberal el contrato expresa siempre la voluntad de las partes y por eso se sobrepone a todo;  es sagrado. El contrato sobre un niño por nacer es legal solo en EE.UU y en países muy pobres.  En la mayoría de los países, sin embargo, un contrato sobre un niño o niña por nacer es nulo de pleno derecho porque ninguna mujer puede contratar nada sobre un niño o niña que no ha nacido, que no le pertenece a ella (ni a nadie) porque no es una cosa, nadie puede entregarlo, venderlo, enajenarlo y en caso de que ella no lo quiera (y tiene derecho a renunciar a él o ella) es el Estado el que debe hacerse cargo de que se le encuentre la mejor familia posible y no quien esté dispuesto a pagar. No puede haber un contrato que obligue a entregar por dinero a un niño o niña que aun no ha nacido y que, además, no es tuyo ni es una cosa.

Desde nuestra posición ideológica no se puede firmar un contrato para entregar un niño o niña a cambio de dinero a nadie. ¿Nadie encuentra que es contradictorio examinar atentamente a los padres/madres que van a adoptar y que en cambio cualquiera pueda comprar un niño/a? Esta es una de las grandes victorias del negocio reproductivo, junto con venderlo como un avance de la libertad (incluso de las mujeres)

Finalmente, este debate nos va a enfrentar igual que el de la prostitución, sí. Pero se equivoca quien piensa que “este” lado es un bloque; de hecho, creo que es más diverso que el otro. Tenemos muchas divergencias sobre qué hacer, cómo actuar sobre la prostitución o los vientres de alquiler. Estamos en desacuerdo sobre las soluciones y sólo nos une una cosa: ¡Es la estructura! Este debate no puede hacerse en el vacío social, como si todas fuéramos libres e iguales, como si no existiera patriarcado ni neoliberalismo.

Como si el deseo de los ricos  de tener hijos generara un derecho, como si la situación de mayor pobreza de las mujeres con respecto a los hombres fuera casualidad, como si los hombres tuvieran unas necesidades sexuales misteriosas que tienen derecho a satisfacer sin que nadie se pregunte por qué y, si esto es así, por qué ellos sí y nosotras no; porque nosotras estamos en el lugar de las putas y ellos en el de los puteros, porque ellos compran y nosotras vendemos; porque en la India hay granjas de mujeres y no en EE.UU; por qué se venden los cuerpos de las mujeres y no los de los hombres; porque nos parece mal abrir el mercado de órganos y no el de óvulos o vientres.

¿Cómo es posible escribir de esto ignorando el efecto que produce la apertura de cualquier mercado sobre la desigualdad Norte-Sur o entre clases sociales? ¿Ignorando que siempre que se abre un mercado, se obliga a lxs pobres a entrar en él, quieran o no; que así funcionan los mercados? ¿Cómo es posible escribir tantos artículos a favor de la prostitución o los vientres de alquiler sin mencionar siquiera ni el neoliberalismo, ni el patriarcado y en los que el supremo argumento es siempre la libertad individual? Eso puede hacerlo una persona neoliberal pura pero… ¿nosotras? ¿El feminismo?

Ni siquiera el aborto es un derecho individual y por eso tiene que estar inserto en una cadena de derechos sociales que le den sentido; de otra manera será sólo un privilegio de las ricas y no un derecho social. De la misma manera que no queremos que el aborto sea un derecho ligado al mercado, tampoco queremos mercantilizar los demás aspectos de las vidas o los cuerpos de las mujeres; tampoco de lxs niñxs.

Estoy de acuerdo en que las respuestas a estos temas no son nada fáciles; estoy de acuerdo en que hay que debatir mucho más, pero o debatimos desde una base mínima común (es la estructura, es el mercado) o entonces es imposible ningún debate. Mucha gente ha gritado que “no somos mercancía en manos de los banqueros y las empresas”… pues seguimos gritándolo y gritamos además que las mujeres tampoco.

Además el del año 2011 y el del 2014:

– Vientres de alquiler: No es tan sencillo, por Beatríz Gimeno (año 2011)

Los padres que han conseguido a sus hijos o hijas mediante vientres de alquiler (comitentes)  lo han hecho mediante un procedimiento que está prohibido en la inmensa mayoría del mundo y que es además, delito en muchos países, España entre ellos. Sólo EE.UU. y  los países subdesarrollados o con enormes bolsas de pobreza permiten lo que se ha llamado subrogación comercial. Cuando se aprobaron las leyes que penalizaban los vientres de alquiler en casi todos los países europeos, hace dos décadas, estas leyes respondían a cierta tradición social europea de tratar de resguardar un ámbito corporal de la voracidad del mercado, así como de proteger los derechos de quienes pueden estar más desprotegidos. Sin embargo, en apenas una década el enorme poder legitimador del mercado se ha impuesto de tal manera que ahora esas cautelas ni siquiera se entienden y lo que en su día se decidió penalizar ahora aparece como un derecho indiscutible. Pocas veces se entra en la discusión sobre un asunto que es más complejo de lo que parece y que sigue teniendo profundas ramificaciones éticas y políticas.

Lo primero a tener en cuenta, de una manera general, es que sabemos que siempre que se abre un mercado sin que exista control del mismo por parte del estado, automáticamente se “obliga” a los pobres a entrar en él. Eso ya ha ocurrido en India donde el alquiler de vientres ha alcanzado proporciones industriales debido a los bajos precios de los mismos, comparados con EE.UU y por supuesto a la necesidad de dinero que tienen las mujeres indias. Lo mismo ocurriría –y ocurrirá-  con el comercio de órganos y  ya podemos imaginar un futuro en el que las personas pobres, especialmente las que vivan en países pobres, se conviertan en provedores de órganos, niños o partes del cuerpo, para los países ricos a no ser que se implanten leyes restrictivas.

En todos los países europeos en los que la cuestión ha sido objeto de estudios ético- legales la subrogación comercial, ha sido desaconsejada. Si que se han aprobado, en algunos países como Gran Bretaña, Australia, Israel o Brasil,  leyes que sin prohibir esta técnica la sujetan a muchos controles legales. Estas leyes intentan un punto medio en el que se pretende preservar los derechos de todas las personas implicadas, especialmente de la gestante y del niño(a) por nacer. Muchas personas que objetamos a la subrogación lo hacemos a la subrogación comercial y sin control y no tanto a la técnica en sí.

Una buena ley sería aquella que tratara de proteger a la madre portadora sobre cualquier otra consideración. En ese sentido, estas leyes protectoras a las que hago referencia intentan conciliar ambas partes.  Según la ley británica, por ejemplo aquella no podrá firmar el contrato de la “cesión” del niño hasta seis semanas después del parto y nunca antes, con lo que se garantiza que el embarazo ha terminado y ha sido mantenido bajo sus deseos y su responsabilidad, así como que el parto se ha producido y ha tenido tiempo de pensar en las consecuencias de la cesión del bebé. Además, el juez tiene que comprobar (no basta con firmar un papel) que la mujer gestante no ha recibido ningún tipo de compensación económica ni beneficio patrimonial más allá de los gastos médicos derivados del embarazo y parto; es decir que no se ha visto compelida a someterse a un embarazo y parto debido a su necesidad económica. Asimismo la ley especifica que además de los controles antes dichos queda prohibida la intervención de terceras partes que puedan animar, incitar, poner en contacto, facilitar etc. este tipo de acuerdos, con lo que se prohíbe la creación de negocios alrededor del alquiler de úteros o compra/venta de niños.

Sin embargo, la realidad nos demuestra que las personas que recurren a esta técnica para tener hijos no acuden nunca a estos países garantistas, sino a los países desregulados donde la única garantía exigida es el dinero y donde es posible “encargar” un niño(a) sin que el estado garantice los derechos de la mujer gestante ni los del bebé por nacer. En EE.UU esta técnica se ha convertido en un importante negocio que mueve millones de dólares que se reparten las agencias intermediarias, médicos y clínicas y en donde ha aparecido un importante lobby que encarga informes o publica artículos científicos que defienden las bondades de la subrogación. En la actualidad existen centenares de agencias intermediarias que cobran una comisión de entre 15 y 20 mil dólares más los gastos médicos a los padres comitentes. En Norteamérica dependiendo de diversos factores la madre puede ganar otros 20, 000. Si es una mujer de un país pobre lo normal son 2 o 3 mil euros nada más.

En EE.UU. en la más pura consideración liberal de que el contrato demuestra la voluntad sin cortapisas de los contratantes, lo que se protege legalmente es a éste. Para el pensamiento liberal la libertad personal queda subsumida en la libertad de contratar, sin más consideraciones. Así la agencia o el consentimiento quedan claros al firmar el contrato, no importa en qué condiciones se firme éste. En ese sentido la madre gestante renuncia a todo en el momento en que firma el contrato; especialmente renuncia a la posibilidad de arrepentirse aunque como han puesto de manifiesto varios especialistas, el contrato de subrogación firmado antes del embarazo no puede ser válido porque expresa una intención que se refiere a una situación que no se ha dado (el nacimiento de un hijo gestado) y que es lo suficientemente importante como para poder hacer variar el consentimiento. Si en cualquier contrato se admite que una variación importante de las circunstancias y las condiciones puede cambiar la consideración del consentimiento, ¿cómo es posible firmar la cesión de un bebé que no se ha gestado ni parido?

Pero en EE.UU. (y por descontado en India) cuando ha estallado un conflicto de intereses entre la madre gestante y los padres comitentes la justicia se ha inclinado a considerar que el contrato es soberano y que la gestante ya expresó su voluntad en el mismo. Para la justicia de EE.UU la madre gestante desaparece hasta el punto de que ni siquiera aparece en la partida de nacimiento en donde los jueces suelen admitir que figuren los padres comitentes, como si el parto mismo fuese el de la madre comitente si la hay.

En España, como en otros países de Europa, se considera que este contrato de subrogación es nulo porque se refiere a un objeto que no es, en ningún caso, cosa que pueda ser sujeta al comercio. Es decir, la maternidad, el bebé, el parto, no puede someterse a comercio alguno, ni a contrato por tanto. En España, al contrario que en EE.UU., una madre no puede ceder ni gratuita ni comercialmente a su hijo, nacido o no, a unas personas determinadas. Es decir, la madre puede renunciar a su hijo pero sólo para  entregarlo al estado que es quien se encarga después de darlo en adopción respetando los derechos de todas las personas implicadas, especialmente los del bebé. Esto se hace no con la idea biologicista de que es imposible que una madre pueda querer desprenderse de su hijo, sino con la idea de impedir cualquier tipo de comercio o tráfico de bebés, así como de salvaguardar derechos.  No vamos a entrar aquí por falta de espacio en la cuestión de la diversidad biológica que se da en la subrogación (madre biológica con coincide con la gestante, pareja comitente que son los padres biológicos, el padre biológico y la madre comitente adoptiva…) porque, además, en mi opinión, eso no influye en el fondo ético de la cuestión. Los dilemas éticos, además del más general del mercado y de la comercialización de niños, tienen que ver con derechos concretos de las personas, sobre todo de las que están más desprotegidas: la mujer gestante y el bebé.

Respecto a la madre se suele decir que la subrogación considera a la mujer un mero receptáculo, un medio y no un fin en sí misma, lo que atentaría contra su dignidad como persona. Existen muchas consideraciones esencialistas con las que no estoy de acuerdo, como todas las que defienden que la mujer está vinculada de manera especial a la maternidad, o que el útero y la mujer mantienen una vinculación muy especial ligada a la identidad femenina. Aunque esto es cierto en la mayoría de los casos y no puede desdeñarse de manera voluntarista porque es una realidad para muchas mujeres, no creo que deba ser necesariamente así. También se suele alegar que la integridad moral de la persona está vinculada al cuerpo y que el cuerpo es el límite ante el que poner una barrera al capitalismo y al mercado. Es cierto que la mayoría de la gente aun admite que el ámbito del cuerpo es diferente al ámbito del trabajo, en tanto que con el cuerpo se juega la identidad, la autoconstrucción, la dignidad etc.

Pero hay una enorme presión para considerar el cuerpo una mercancía más y la propia banalización social imparable del uso del mismo, por ejemplo en la prostitución demuestra que esta consideración está cambiando (sin entrar ahora a juzgar si eso es bueno o malo o sólo inevitable). Muchas voces, incluso del ámbito del feminismo, defienden que el cuerpo no es diferente a otras mercancías y que las mujeres deben ser dueñas de su fuerza reproductiva que puede ser explotada de la misma manera que explota, quizá más, un trabajo mal pagado. En realidad ese es el dilema en el que el mercado nos pone a todos constantemente cuando partimos de una desigualdad estructural que no suele tenerse en cuenta a la hora de apelar al consentimiento. En el capitalismo siempre que A quiera algo que B tiene, si partimos de una situación de desigualdad estructural muy acusada, por muy poco que sea lo que A ofrezca siempre será mejor que nada y B tendrá que aceptarlo; la esclavitud misma podría llegar a estar justificada en este razonamiento. En definitiva, neoliberalismo puro y duro y consideración de que el contrato liberal es el mejor organizador social.  Es un dilema sin salida a no ser que apelemos a cierta ética de principios, aunque también  humanizadora y emancipadora. Una apelación complicada en los tiempos que corren de éticas pluralistas y siempre relativas. Más allá de la defensa de una ética emancipadora no hay respuesta ni salida al dilema anterior, todo consentimiento está viciado si no acabamos con las desigualdades estructurales y el problema se agudizará a medida que lo que las personas se ve obligadas a vender afecte más profundamente a su dignidad, a sus vidas, a su salud etc.

Desde una posición anticapitalista (que obviamente no es la de todo el mundo) nunca deberíamos dejar de tener en cuenta que siempre que se abre el mercado para algo que antes no era objeto de compraventa,  eso no incumbe sólo a la persona concreta que se ve en la tesitura de vender o no, sino que eso incumbe a todos/as las personas que se encuentran en la misma situación de género, raza o clase. Pero más allá de esta consideración general, que es de por sí muy importante, desde el punto de vista de los derechos individuales también nos encontramos con que hay derechos en juego que deben ser preservados y no sólo el de los firmantes del contrato. Un embarazo y un parto no se agotan en el acto, puede tener consecuencias físicas o psicológicas más allá y sobre todo  el resultado del contrato en este caso es un niño/a. Llamo la atención sobre el hecho de que cuando se habla de los derechos de estas familias constituidas mediante esta técnica, los derechos de las mujeres gestantes ni se mencionan, ellas han desaparecido de la ecuación, lo que es sorprendente y preocupante cuando quienes hacen la defensa mencionada son feministas o defensores/as de los derechos humanos en general. Un vientre es una mujer.

En el proceso biológico del embarazo y el parto pueden pasar muchas cosas que hay que tener previstas si queremos que se preserven derechos fundamentales; cuestiones que tienen que tenerse en cuenta desde el punto de vista de la justicia social y también del feminismo. Cuestiones que ya han ocurrido y que no siempre se han solventado de la manera más justa; cuestiones que nunca aparecen en los reportajes o informes a favor de una legalización sin control. Por ejemplo: ¿qué pasa si la mujer gestante quiere abortar? ¿Se le puede impedir? ¿Es compatible pensar en la libertad e integridad de las mujeres si se puede obligar a una mujer que ha firmado un contrato a seguir con un embarazo que no desea? ¿Quién decide si abortar o no en caso de complicaciones en el embarazo o en la salud del feto? En EE.UU. la firma del contrato  obliga a la gestante a seguir con el embarazo y aunque en teoría no se puede impedir que aborte, lo cierto es que las consecuencias económicas para ella, derivadas del contrato, serían tan gravosas que funcionan como una prohibición.

En otras ocasiones ha ocurrido lo contrario, que el contrato le exige que aborte en caso de que, por ejemplo, la gestante se quede embarazada de dos embriones y la pareja o persona comitente sólo quiera un bebé. Si la madre se niega a abortar, ¿quién se hace cargo del niño concebido, gestado y ya por nadie querido? ¿Qué consecuencias tiene eso para ese niño?  Y se puede seguir: ¿Y si el niño nace con una enfermedad y/o discapacidad y los padres ya no lo quieren? ¿Qué pasa con ese niño? ¿Puede obligarse a la gestante a determinadas pruebas dolorosas o peligrosas para su salud? ¿Puede obligársela a no mantener relaciones sexuales durante el embarazo, a no hacer ejercicio, a no comer determinadas cosas? Pues sí se puede porque según los jueces norteamericanos los padres comitentes puedan desvincularse del contrato si la gestante no cumple a su satisfacción todas sus exigencias, incluida la de abortar si se le pide. En ese caso ella tendría que pagar la enorme indemnización prevista, además de dar a luz a un niño que nunca quiso. De nuevo ¿qué pasa entonces con ese niño/a?  Los derechos de esos niños o niñas concebidos por encargo, seguramente deseados por alguien pero no por quien los gestó, y que pueden ser abandonados en otras ocasiones, son muy a menudo olvidados. La nula intervención del estado en la subrogación comercial y la aceptación acrítica por parte de la opinión pública contrasta, deja a los niños/as en clara situación de indefensión y eso independientemente de que muchas personas realmente los deseen, los quieran y los cuiden adecuadamente.

¿Qué control se ejerce en el mercado sobre los padres comitentes? Ninguno, lo cual contrasta con los controles, excesivos quizá, que se ponen para regular la adopción. Todo rastro de control desaparece cuando se “encarga” la gestación de un niño que no existe antes del encargo  y que va a pasar de unas manos a otras sin que el estado intervenga. ¿Cómo se controla que no se encarguen niños para revenderlos en adopciones dudosas? ¿Cómo se controla que una persona por ejemplo psicológicamente enferma no encargue y consiga un niño/a? ¿Una persona demasiado mayor para cuidarlo? ¿Una persona para regalarlo a otra…? He leído sobre casos como estos que ya se han dado.

Siguiendo con los derechos de las partes en conflicto, todos los expertos no pagados que han opinado sobre el tema han llegado a la conclusión de que los intereses de la gestante deben estar siempre por encima del contrato. No por consideraciones esencialistas o míticas acerca de la maternidad, sino porque es la gestante la que pone el trabajo, su cuerpo y su salud física y psicológica y por tanto son sus derechos los que hay que proteger además de, es obvio, los del bebé. Pero al tener en cuenta estos derechos, como se hace en la mayoría de las leyes que prohíben la subrogación comercial, entonces el resultado es que las parejas o personas comitentes se van al mercado libre y no regulado porque no quieren someterse a un contrato que los deja a merced del derecho de la gestante a arrepentirse o a cambiar de voluntad.

Todo lo dicho no quiere decir que no tengamos en cuenta que las  nuevas posibilidades científicas que se abren pueden significar también nuevos ámbitos de libertad. Quizá no se trate tanto de rechazar en bloque la técnica de la subrogación como de tener siempre en cuenta qué medidas hay que tomar para salvaguardar los derechos de todos/ as. Medidas para hacer más fácil la adopción, por ejemplo; o leyes de subrogación muy garantistas con la madre gestante, dándole derechos de visita, posibilidad de arrepentirse, poder de decisión sobre todo lo relativo a su embarazo. Si esto se hiciera internacionalmente la demanda se reduciría drásticamente. Lo cierto es que sobre la realidad del alquiler de úteros no sabemos nada. Lo que nos llega es un anuncio publicitario de las agencias o de los padres que quieren mostrar la (gozosa) realidad de sus vidas, pero eso es sólo una parte de la realidad; precisamente la que quieren que veamos.

– Vientres de alquiler en El País, gato por liebre, por Beatríz Gimeno (2014):

El País del 1 de mayo publicaba un artículo sobre los vientres de alquiler  que es un claro ejemplo de periodismo tendencioso, de mal periodismo, y que más bien parece  un publirreportaje financiado por cualquiera de los muchos negocios que van naciendo cerca de este nuevo nicho de mercado.  En primer lugar, el artículo incumple una norma básica del periodismo al abordar una cuestión muy controvertida  en la que numerosas voces, muchas, muy diferentes y muy cualificadas se manifiestan completamente en contra de la legalización de esta práctica…y no se da entrada a ninguna de ellas.  No se menciona ni una sola de las objeciones que desde el punto de vista de la justicia, de la ética, de la política, de la igualdad etc. se manifiestan contrarias a que se abra otro mercado en el que se mercantilice (aun más) el cuerpo humano, en este caso de las mujeres, así como sus capacidades reproductivas.

El artículo, además, omite datos y falsea claramente la realidad haciendo que parezca que la regulación de los vientres de alquiler es sólo una demanda social más que no ha encontrado (aun) aun su cauce legal en España. El artículo no dice que, en realidad, esta práctica comercial está prohibida no sólo en España, sino prácticamente en toda Europa y que muchos países europeos han realizado estudios e informes en los que reiteradamente se ha recomendado su no regulación; es decir, la no comercialización de los embarazos y de los niños y niñas. Al ignorar esta realidad, así como las razones por las que la mayoría de los países la han prohibido,  se hace parecer que España es casi una rareza, que esta prohibición es un atraso y que lo normal es avanzar hacia su regulación, que eso es lo normal y lo moderno. Esta manera de presentar el asunto es directamente una falsedad.

Lo peor del artículo es cuando más que ocultar o no contar toda la verdad, se hace un ejercicio de manipulación impropio de alguien que se llame periodista. Una persona, Pedro Fuentes, que ha sido comprador de esta técnica, por lo que no parece muy imparcial al respecto, pronuncia la siguiente frase: “(En España) sabemos hacer las cosas bien. Mira la ley de trasplantes: funciona de maravilla y se ha imitado en todo el mundo. Cuando hay un caso de tráfico de órganos, saltan todas las alarmas. Por eso es deseable regularlo, desde un punto de vista ético, médico y legal”. El salto manipulativo es escandaloso. La ley de trasplantes española funciona y es un ejemplo para el mundo porque se trata de donaciones, en ningún caso se trata de compra-venta de órganos. La ley de trasplantes española se enfrenta ahora a una enorme presión para que se abra al mercado de los órganos, y si no nos resistimos con bastante fuerza terminará abriéndose. En el momento en que eso pase, como ocurre con cualquier mercado, los pobres se verán obligados a ser “donantes” de los órganos que comprarán los ricos; y los neoliberales nos dirán que se trata de una extraordinaria oportunidad para los pobres y que todo el mundo sale ganando. De hecho, en este artículo ya lo dicen: “Aunque hay dinero de por medio, es un procedimiento solidario porque nos ayudamos entre las dos partes y, lo mejor de todo, traemos una vida al mundo”, afirma una de las compradoras de embarazos. “Nos ayudamos las dos partes”, sí,  igual que se ayudan solidariamente los empresarios y los trabadores/as; igual que se ayudan mutuamente el que paga 600 euros por 8 horas diarias y el que tiene que aceptarlos; todos salen ganando, solidaridad de la que entiende el capitalismo neoliberal.

Por si fuera poco y aunque la transacción se nos muestra como solidaria, se nos dice que el problema es que es muy cara. Cara para el comprador, se entiende. Así lo explica Pedro Fuentes cuando se queja de que el problema es que en el único sitio en el que existen garantías legales (¿para quién?), en California, esta opción cuesta 100.000 euros. Así que solidaridad sí, pero no tanta como para que salga demasiado cara. Lo que este señor quiere es que además de que las mujeres se vean obligadas a poner precio a sus embarazos, éste sea un precio barato. Fuentes habla por los compradores, por los que pagan, igual que todo el artículo, que usa la frase “vientres de alquiler”, como si esos vientres flotaran en el éter y fueran por su cuenta.  Las personas que no olvidamos que esos vientres no van solos, sino que estamos hablando de mujeres, podríamos llegar a desear que al menos, esta práctica les generara a ellas un enorme beneficio; tanto que, por lo menos, no tuvieran que someterse a él dos veces. Pero esto es un espejismo, naturalmente. Un espejismo inconsistente con el fondo del asunto: neoliberalismo puro y duro, trabajo barato y plusvalía enorme. Vientres baratos al alcance de la clase media.

La donación de vientres de alquiler, es decir, la cesión sin precio de las capacidades reproductivas de las mujeres sí está regulada y permitida en muchos países europeos (no en España) y a mí me parece bien. Es decir, se puede gestar el hijo de otra persona por amor, por altruismo, por amistad…. Hay mujeres dispuestas a gestar el hijo que no puede gestar su propia hija o su nuera; mujeres que gestan un hijo por su amigo gay o por su hermana, o por una amiga íntima…Esto ya es posible en muchos de esos mismos países que, en cambio, prohíben la compra venta; es legal y es generoso. Nada que objetar. También es legal donar un riñón estando vivo o los órganos en caso de fallecimiento.  Pero la donación de vientres no soluciona el problema de estas parejas consumidoras de hijos porque nadie gesta el hijo de un completo desconocido, con los enormes costes de salud y psicológicos que esto tiene, si no hay precio por medio, si no se necesita el dinero; de la misma manera que no se dona un riñón excepto en casos muy concretos en los que esta donación es un regalo. Es más, para proteger que de verdad sea una donación, la ley impone unas reglas muy estrictas.

El mercado no es un buen regulador de nada, pero menos aun de las relaciones humanas y hay que ponerle límites. Un límite claro e infranqueable debería ser el cuerpo, sus fluidos, sus órganos, sus capacidades reproductivas. Abrir ese mercado, que sin duda es un enorme nicho de negocio, introduce la desigualdad más radical hasta el tuétano de lo que somos. Y las mujeres estamos mucho más expuestas a cualquier mercado que trafique, compre o venda nuestro cuerpo. ¿Estamos de acuerdo en que la sangre se venda como en el siglo XIX? Eso significaría que los pobres, para poder comer, tendrían que hacer de su sangre una mercancía que se verían obligados a vender. Curioso que mientras esto lo ve claro la mayoría de la gente, no se ve tan claro cuando nos referimos al caso del cuerpo de las mujeres, de sus úteros, de sus óvulos. Está claro que las resistencias a la comercialización absoluta de los cuerpos es mucho menor en el caso de los cuerpos femeninos, lo que no es extraño si pensamos que vivimos en una cultura que históricamente y hoy más que nunca, comercializa los cuerpos femeninos de múltiples maneras y con multitud de excusas; la más usada es la que describe esta venta como una práctica de “empoderamiento”. Pues de la misma manera que tener que vender la propia sangre no empodera, que vender unas corneas no empodera, que trabajar por 600 euros en lugar de por nada no empodera…vender el útero o los óvulos tampoco lo hace. La prueba es que ninguna rica se someterá nunca a ello, así que la cuestión de la clase es, además de la de género, la cuestión absolutamente determinante en esta transacción, que es pura explotación.  O nos resistimos con todas nuestras fuerzas a que el cuerpo humano sea una mercancía más y a que el mercado compre y venda nuestros cuerpos, o en poco tiempo no estaremos siquiera hablando de la fuerza de trabajo como mercancía, sino que tendremos que retomar el lenguaje puro y duro de la esclavitud.

Un comentario en “Maternidad subrogada, Gestación por sustitución o Vientres de alquiler, ¿debate abierto?”

  1. Alba Campos Rueda

    Ya estoy cansada de decir lo mismo en todos los sitios. Por que muchos lo ven como un acto asquerosísimo? Por que no piensan en personas que lo ven la única manera ven de esr padres es la geatsción subrogada? Sé por qué, porque nunca havbeis sentido lo mismo que siente una familia infértil, con un vacio en su casa. Estoy infinitamente agradecida a una clínica ucraniana biotexcom por regalarnos unos hijos preciosísimos.

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