La desigualdad es violencia, por José Ángel Lozoya Gómez

Han centrado tanto la lucha contra las violencias machistas en las que provocan alarma social que la mayoría de los hombres no se sienten interpelados, no encuentran motivos para involucrarse en su erradicación, ni para modificar sus hábitos. Para colmo el Pacto de Estado que se discute en la actualidad sigue olvidando a los hombres, condenándose a tener un alcance muy limitado.

En un taller para inmigrantes árabes, latinos y subsaharianos a los que había invitado a identificar privilegios masculinos en la familia, el mercado de trabajo, la sexualidad y la sociedad, me sorprendió la facilidad del colectivo subsahariano para identificarlos y la reacción del grupo latino que paró la puesta en común para quejarse, educadamente, de habían sido invitados a participar en un taller sobre el machismo y se veían debatiendo sobre las desigualdades entre los sexos. Para ellos el machismo tenía más que ver con las agresiones físicas, las sexuales y los asesinatos, que con las desigualdades cotidianas en las relaciones con las mujeres. Pese a la resistencia que manifestaban me alegró advertir que ese grupo hubiera visto que los privilegios son desigualdades, porque es difícil ver que todo privilegio naturaliza una desigualdad y mucho más que estas, al quedar invisibilizadas,  aseguran su reproducción.

Por eso no me costó mucho que aceptaran que la cultura es el caldo de cultivo en el que germinan y se desarrollan las raíces de todas las violencias y que esta es machista. Ni que vieran, en una pirámide con forma de escalera, que a medida que asciende la gravedad de las violencias hay cada vez menos hombres involucrados, porque los micromachismos no llevan inevitablemente a mayores niveles de violencia. Solo los que confunden tradición con derechos incuestionables llegan a creerse tan por encima de las mujeres como para estar dispuestos a defender sus privilegios a través de la violencia frente a aquellas que los cuestionan.

Lo que ellos estaban diciendo es que habían sido socializados como hombres para aprender a desenvolverse en un mundo estructurado a base de privilegios, desigualdades y violencias, que podía verse como hombres porque habían sido capaces de vivir en esta sociedad sin violar las leyes, por eso les costaba ver la importancia que daba a las pequeñas violencias sobre las que tratábamos, sobre todo teniendo en cuenta que ellos se implicaban mucho más que sus padres en lo doméstico, los cuidados de sus hijos y de los familiares dependientes, y vivían con mujeres que trabajaban y traían un jornal a casa.

Admitían que era la cultura la que estaba en la base de tanto maltrato y asesinato, y que era necesario combatirla, cada cual en la medida de sus responsabilidades. A partir de ahí no me costó que vieran que no hubiera tenido sentido invitarlos a un curso para hablar del machismo que ellos ya condenan, que lo interesante era incrementar su sentido crítico ante el machismo que les costaba ver, ante esos privilegios tan injustos como peligrosos por la conciencia de derecho a la desigualdad que reproducen, con el objeto de que dejaran de aprovecharse de ellos y evitaran contribuir a su reproducción.

Sus resistencias tenían que ver con su falta de perspectiva de género, pero son un ejemplo de las dificultades de la mayoría de los hombres para ver las violencias machistas cotidianas en las que por acción u omisión incurrimos todos. Nos recuerdan que para erradicar las violencias machistas necesitamos vencer las dificultades y las resistencias de los hombres a verse interpelados. Necesitamos que entiendan que la masculinidad es machista y el machismo es violencia, que disfrutan de privilegios por ser hombres y que estos son desigualdades que padecen las mujeres, que para reconocerse como hombres ha tenido que superar un proceso de socialización violentamente machista, que han construido una identidad muy difícil de deconstruir pero que necesitan intentarlo.

Los recursos dedicados a erradicar las violencias machistas, desde el asesinato de Ana Orantes y la posterior aprobación por unanimidad de la ley integral contra la violencia de género, han tenido poquísimo impacto en el número de denuncias y asesinatos de mujeres, lo que nos llevo, a los hombres por la igualdad, a convocar,  el pasado 21 de octubre en Sevilla, la manifestación de hombres más numerosa celebrada hasta la fecha con el lema “El machismo es violencia”. Necesitábamos poner el foco en la necesidad de combatir el machismo en cualquiera de sus manifestaciones.

Nadie discute la necesidad de incrementar la protección a las víctimas, pero necesitamos recordar que “la violencia contra las mujeres es un problema de los hombres que padecen las mujeres”. Es una simplificación pero nos recuerda que no podemos acabar con las violencias machistas sin que cambien los hombres y que no cambiaran por el Código Penal. El cambio de los hombres exige tiempo y recursos que no aparecen en el borrador de Pacto de Estado que está en discusión y ya sabemos que en política lo que no cuenta con presupuestos no cuenta y lo que no se nombra ni siquiera existe.

Mientras miramos para otro lado seguimos olvidándonos de los niños cuando están en peligro, siendo socializados en el machismo, para preocupándonos de los jóvenes cuando empiezan a ser un peligro. Mientras nos resistimos a combatir el machismo la masculinidad se va convirtiendo en el referente de la igualdad entre los sexos y eso tiene mucho de suicidio colectivo.

Sevilla, febrero de 2017

Miembro del Foro y de la Red de Hombres por la igualdad

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