La cultura de la violación en la historia del arte, por Esther Tauroni Bernabeu

Cada cuatro horas se viola una mujer en España, la media de Europa es similar.

La mayoría de las violaciones, por miedo, vergüenza o temor a la respuesta social no se denuncian.

La mujer víctima de violación, además de sufrir daños físicos, sufre un daño emocional y psicológico de imposible reparación. El 90% de las mujeres prostitutas han sido, en su infancia o adolescencia,  víctimas de abusos sexuales.

Los violadores gozan de presunción de inocencia desde el minuto uno. La ingestión de fármacos, drogas, alcohol e incluso sus circunstancias sociales atenúan sus penas.

La mujer violada es, desde el momento en que denuncia, acusada, revictimizada, culpada. En su camino procesal solo se encuentra con agravantes.

Las sentencias condenatorias en los casos de violación son entre cinco y diez años de prisión, que jamás se cumplen. Quedan reducidas por múltiples causas. Ninguna de estas sentencias  resarce a la víctima. Jamás la mujer vuelve a sanar. El miedo y el dolor la acompañan hasta el final de su vida. El violador, cuando sale de prisión, vuelve a violar.

Habitualmente los violadores pertenecen al círculo familiar próximo de la víctima. Tíos, primos e incluso padres violan a sus sobrinas, primas o hijas.

En grupo, los violadores, se sienten más fuertes, más poderosos, más cómplices. Las violaciones grupales son habituales, desde hace poco se las denomina “manadas”. Por su mayoría numérica las reducen con facilidad, las intimidan y penetran uno tras otro, las llaman putas. Las fotografían y cuelgan sus vídeos en redes sociales que hoy, como antes, son visitadas como galerías de arte inhumano, depravado, repugnante y que, algunos interpretan como arte erótico, como imágenes sexuales.

Los ancestros de estas fotografías están en el arte, en ese arte que fue permisivo con la violencia, que la tenía interiorizada como natural, que la divulgaba en exposiciones, que la premiaba con galardones, que la exhibía como grandes obras de arte y que hoy continúan expuestas o impresas en catálogos o manuales sin un mensaje social.

Leda, Medusa, Lucrecia, Judith, Hipodamia, Tamar, Proserpina y Filomena, entre otras, son las protagonistas de este libro que, además de dar a conocer sus vidas, muestra como el arte de diferentes épocas y sus artistas las convirtieron en mitos o leyendas que han sepultado sus realidades puestas al servicio del patriarcado.

Botticelli, Caravaggio, Rubens, Rembrandt, Goya, Artemisia Gentileschi, Giulia Lama, Lavinia Fontana, Barbara Longhi, Judith Leyster Anna Maria Van Schurman o  Élisabeth Sophie Chéron nos ofrecieron imágenes, unas críticas y la gran mayoría no, de unas sociedades en las que se cimenta nuestro pasado, desiguales y discriminatorias de las que aprender para avanzar en la igualdad.

La pintura de todos los tiempos, la medieval, el renacimiento, barroco y arte contemporáneo debe ser estudiada y transmitida como análisis de nuestro pasado y con pedagogía ser elementos socializadores y formadores.

La cultura de la violación forma parte de la sociedad patriarcal y,  con el cuestionamiento de la misma, se ha visibilizado que es una demostración del poder del hombre sobre la mujer y la consideración de estar ellas al servicio de ellos. El término describe las formas en que la sociedad somete a las mujeres además de culparlas de la violencia sexual que sufren, normalizándola y minimizándola. La historia del arte, como historia de las imágenes nos permite echar un vistazo a los diferentes periodos del pasado y comprobar la naturalidad con que se ha vivido la violación, llevada a altares, museos y colecciones como mitos, leyendas como experiencias de vida que debían aceptar las mujeres.

La cultura de la violación ha  normalizado la violencia sexual y, a través de un complejo sistema de creencias, ha permitido  que los hombres cometan agresiones.

La  violencia se ha englobado dentro del arte erótico y,  la sexualidad,  confundido  con la violencia. En este contexto, tanto hombres como mujeres, han asumido  que la agresión es algo inherente a la vida y, por lo tanto, inevitable. La cultura de la violación, comprende la televisión, las bromas, los anuncios publicitarios, las leyes, el mundo laboral, la  pornografía y las imágenes pictóricas de la historia como creadoras de mitos, leyendas, estereotipos y arquetipos. La cultura de la violación es una especie de terrorismo que planea sobre la vida de las mujeres.

El patriarcado nos fuerza a vivir en un marco jerarquizado que ya no da para más y que mantiene infelices a todos por igual, que mantiene una cultura de la violacióndonde se enseña a las mujeres a cuidarse para no ser violadas en lugar de enseñar a los hombres a no violar. Se trata de una cultura que devasta a las mujeres,  pero también a los hombres más jóvenes y los empuja a cometer actos de extrema violencia.

Es importante pues detectar y enfocar las producciones pictóricas releyendo sus mensajes desde una perspectiva feminista entendiendo la velación y ocultación del mensaje original ocultado tras la imagen que, sin analizar llega al espectador. Es necesario abrir los ojos para derribar la narrativa patriarcal que ha utilizado mitos, leyendas u objetos para recrear al voyerista masculino utilizando a   la mujer como exhibicionista y tratándose realmente de una violación sobre su cuerpo y sus derechos.  Frente a los cuadros que cosifican a las mujeres, el feminismo debe responder desde la interpretación de modo que aprendamos todos y todas a vivir en un mundo de nuevas posibilidades en igualdad de oportunidades. La relectura de las historias que propongo en este libro, así como de los pretextos que se han utilizado para con un espejo desnudar el cuerpo de una mujer son ejemplos de que el desnudo femenino ha convertido al cuadro en el epicentro de la representación y en sujeto de la violación.

Educar en las imágenes, en la historia, en el consentimiento y en la igualdad es la fórmula para erradicar la violencia y equilibrar los géneros.

Los hombres  son imprescindibles para desmantelar esta dinámica aunque el asunto recaiga sobre las mujeres. La violencia y la violación deben  de dejar de entenderse como un problema femenino. Los varones deben de dejar de ser educados como abusadores.

 En vez de ver a los hombres como perpetradores y a las  mujeres como víctimas; en vez de verlo en forma binaria, debemos hablar  de espectadores, de aquellos que no están directamente relacionados con el abuso pero han callado hasta ahora. 

Deconstruir estos arquetipos y estereotipos es necesario para proporcionar a las mujeres un sociedad segura en la que vivir y a los hombres una cultura que no les convierta en violadores. En el siguiente enlace se puede adquirir, gratis, el ebook. En el libro conoceréis las devastadoras leyendas y mitos que se han creado en torno a las mujeres y las podréis visibilizar a través de producciones de arte.

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