Histeria y anorexia. Una mirada psicoanalítica y feminista por Francisco Javier Valdivieso Alonso


Por Francisco Javier Valdivieso Alonso
Comunicólogo, Antropólogo social y estudiante de Psicoanálisis.El autor desarrolla el concepto de histeria, cómo ésta era vista desde la antigüedad hasta tiempos de Freud, y cómo es que la histeria desencadena una de las grandes problemáticas sociales, la anorexia; es por eso que la psique y los desórdenes del cuerpo están relacionados con el sufrimiento de las mujeres.

Nadie que exponga hoy sus opiniones sobre la histeria y sus bases psíquicas podrá evitar el enunciar y repetir multitud de ideas de otros, ideas que del patrimonio individual acaban por pasar al común. […] Originalidad es el último de los reclamos que debe hacerse a lo que se expondrá en las páginas que siguen.

Sigmund Freud (1895).

Las mujeres locas son las suicidas, las santas, las histéricas , las solteronas, las brujas y las embrujadas , las monjas, las posesas y las iluminadas, las malasmadres, las madrastras, las filicidas, las putas, las castas, las lesbianas, las menopáusicas, las estériles, las abandonadas, las políticas, las sabias, las artistas, las intelectuales, las mujeres solas, las feministas .

Marcela Lagarde.

HISTORIA DEL CONCEPTO

En su Historia de la locura en la época clásica , Foucault (1977 [1967] : 455) plantea una creencia aún vigente:

Todo el cuerpo femenino está surcado por los caminos oscuros, pero extrañamente directos, de la simpatía; está siempre en una próxima complicidad consigo mismo, y constituye para las simpatías un lugar donde gozan de un privilegio absoluto. Desde un extremo al otro de su espacio orgánico, el cuerpo femenino guarda una eterna posibilidad de histeria .

La histeria es un término que ha pasado del lenguaje médico al común y su empleo ha tenido una persistencia tenaz. Ya en la antigüedad griega se hablaba de una afección histérica, derivada de υστε ϱ α = histera: el útero, siguiendo la noción egipcia explicada en el papiro de Kahun, del siglo XX a.C. Según esta concepción el útero era un organismo vivo que podía migrar a la parte alta del cuerpo en busca del calor que no obtenía de manera natural. En este tránsito, una vez llegado al tórax producía síntomas somáticos que incluían la dificultad respiratoria, sofocación, opresión en el esófago, entre otros.

Para los griegos estos desplazamientos se debían a que las mujeres estaban privadas de relaciones sexuales, lo que provocaba que el útero se secara, perdiera peso y partiera en búsqueda de la humedad necesaria, hasta el hipocondrio. Si se quedaba allí causaba convulsiones semejantes a la epilepsia. (Pérez-Rincón, 2001: 52)

Hipócrates de Cos, considerado el padre de la medicina, dejó un importante legado en el estudio médico de las mujeres, condensados en los denominados Tratados ginecológicos , entre los cuales se encuentran: Sobre las enfermedades de las mujeres; Sobre las mujeres estériles; Sobre las enfermedades de las vírgenes; Sobre la superfetación; Sobre la escisión del feto y; Sobre la naturaleza de la mujer.

En el primer tratado señalado, Sobre las enfermedades de las mujeres , apuntó las diferencias entre las convulsiones provocadas por las sofocaciones del útero y las epilepsias cuya sede era cerebral. Una vez que el útero en su tránsito se emparejaba con el corazón generaba ansiedad, opresión y vómitos, síntomas de las convulsiones histéricas. Por lo que concluía como tratamiento que las mujeres jóvenes se casaran y las viudas lo volvieran a hacer. Su pronóstico era que con el paso del tiempo los síntomas desaparecerían logrando la cura por medio de la «naturaleza», es decir, mediante el comercio sexual.

En El Timeo , diálogo escrito por Platón alrededor del 360 a .C. discurre que la histeria es simultáneamente una concepción de la feminidad:

El útero es un animal que desea engendrar hijos. Cuando permanece estéril mucho tiempo después de la pubertad, se vuelve inquieto y avanza a través del cuerpo; al cortar el paso del aire, impide la respiración, provoca grandes sufrimientos y todo tipo de enfermedades . (Citado en Pérez-Rincón, 2001: 53)

Para Galeno la etiología de la histeria debería ser buscada en la retención de un líquido seminal femenino análogo al esperma de los varones que permaneciera contenido lo que provocaría la corrupción de la sangre y subsecuentemente induciría la irritación de los nervios y la aparición de las convulsiones. Para este notable médico también existía una histeria masculina; sin embargo, tuvieron que pasar casi veinte siglos para que esta idea fuera aceptada.

Por su parte Aristóteles argüía que toda mujer está en el útero (Tota mulier in utero), idea constante retomada durante el oscurantismo medieval, que servía para explicar las patologías propias de las mujeres y como hecho para legitimar la misoginia imperante en la historia del pensamiento occidental.

Durante el Medioevo la histeria femenina era equiparada a una posesión diabólica. Gilles Lipovetsky en La tercera mujer (1999) asienta que hay tres momentos precisos en la historia de la feminidad. El primero consiste en considerar a las mujeres como diosas de la fertilidad o figuras procreadoras pero al final como seres inferiores y como un mal necesario -¿para la reproducción de la especie humana?-; el tercero se refiere a la mujer posmoderna, aquella ya liberada de las ataduras patriarcales; mientras que en el segundo periodo las mujeres eran consideradas brujas y aliadas del diablo, ya que con su belleza podían conducir a los hombres a la perdición.

A fines del siglo XVII, en Salem, estado de Massachusetts en Estados Unidos se llevaron a cabo los famosos juicios de brujas. Este hecho inspiró al dramaturgo norteamericano Arthur Miller a escribir su obra The Crucible [1] (El crisol o Las brujas de Salem), en esta pieza teatral -también llevada a la pantalla grande- las niñas acusadas de estar poseídas por el diablo, en realidad están poseídas por la histeria de conversión. La explicación más difundida de esta explosión de brujas se funda en el puritanismo religioso que provocaba alucinaciones masivas e histeria en las mujeres jóvenes.

Al respecto Freud compara la posesión histérica con las epidemias demoníacas en Carácter y erotismo anal y argumenta que «es fama que el dinero que el diablo obsequia las mujeres con quienes tiene comercio se muda en excremento después que él se ausenta, y el diablo no es por cierto otra cosa que la personificación de la vida pulsional inconsciente reprimida» (AE, 2007 [1908], T.IX: 157).

En Una neurósis demoníaca en el siglo XVII Freud analiza el caso de Christoph Haitzmann, histérico de conversión, quien tenía alucinaciones, convulsiones y parálisis corporal, según una versión este hombre había sido seducido por el diablo en 1669 y se había comprometido entonces por escrito a pertenecerle en cuerpo y alma al cabo de nueve años; de acuerdo a otra versión, este hombre pactó con el diablo para librarse de la depresión (melancolía) originada por la muerte de su padre. Dicha melancolía -suponía Haitzmann- le había estropeado su talento y capacidad para pintar y que generaba angustia por no poderse ganar el sustento y consideraba que si obtenía un sustituto del padre reconquistaría lo perdido. En este pasaje, el diablo aparece como sustituto del padre, posteriormente también Dios. (AE, 2007 [1923] T.XIX: 69-106).

A lo largo de la historia de la humanidad han existido diversos tratamientos para la cura de las afecciones histéricas que van desde las inhalaciones vaginales hasta métodos más violentos y perentorios.

Otros pensadores se han ocupado de este mal que aquejaba a las mujeres -casi en exclusividad- tales como Paracelso, Rabelais, Lepois, Sydenham -estos dos últimos también atribuían la enfermedad histérica a los varones-, Jorden, Briquet, éste último influyó en el estudio de la histeria en Charcot.

Charcot fue el gran estudioso de la histeria. Hizo grandes contribuciones a su diagnóstico y tratamiento. Distinguió a las pacientes histéricas de las epilépticas internadas en el Hospital de la Salpêtrière ; retomó de Delasiauve la histero-epilepsia y la convirtió en la hysteria major ; en un primer momento instruyó que los síntomas histéricos eran físicos, posteriormente declaró que los síntomas eran provocados por las representaciones ligadas a un estado psíquico particular. Consideró que la neurología no era de gran ayuda por lo que recurrió primero a la sugestión a la que abandonó por la hipnosis, dándole a ésta un aval científico; hizo de las leçons de los martes en la Salpêtrière un espectáculo teatral y médico bajo el manto del pensamiento racionalista y de la especialidad médica neurológica. Charcot ofrecía el espectáculo de la histeria sobre la que aplicaba la sugestión hipnótica, como expresión palmaria de su influencia y poder terapéuticos. (Pérez-Rincón, 2001: 15). Charcot instauró la histeria masculina como una categoría nosográfica.

Una reproducción del cuadro [Une leçon clinique à la Salpêtrière dans le Service du Professeur Charcot -La lección clínica en la Salpêtrière en el Servicio del Profesor Charcot-] de André Brouillet, refiere Pérez-Rincón:

«Se encontraba en el gabinete de Freud, en el número 19, Bergasse, en Viena, en ese ambiente sobrecargado, en medio de tantas obras de arte antiguo entre las que predominaban los faux». (Pérez-Rincón, 2001: 16)

Freud estudió en París entre octubre de 1885 y febrero de 1886 con Charcot, en una ocasión le comentó el caso de Anna O. analizada por Breuer entre los años de 1880 a 1882. «Pero el maestro no demostró interés alguno ante mis primeras referencias, de suerte que nunca volví sobre el asunto y aun yo mismo lo abandoné» refirió Freud en su presentación autobiográfica de 1925. El psiquiatra Héctor Pérez-Rincón (2001) indica que a pesar de haber descrito la histeria masculina, hay cierta actitud misógina en el enfoque charcotiano de la patología, que en parte heredó el freudismo, y que no han dejado de denunciar los movimientos feministas.

Al comienzo de su clínica como médico de enfermedades nerviosas recurrió a métodos terapéuticos como la hidroterapia, la electroterapia, los masajes y la cura de reposo de Weir Mitchell, pero resultaron ser insatisfactorios por lo que se dirigió hacia la hipnosis y el método catártico, el primero de ellos fue el caso de la señora Emmy von N. Aunque su «primer análisis completo de una histeria» lo realizó con Elisabeth von R. en el otoño de 1892.

El volumen 2 de las Obras Completas de Freud son dedicados a los Estudios sobre la histeria , en el que se incluyen las comunicaciones preliminares a los casos analizados por él y el caso de Anna O por Breuer; los historiales clínicos de Emmy von N., Lucy R., Katharina y Elisabeth von R.; y la parte teórica de los fenómenos histéricos.

RASTRO Y ROSTRO DE LA HISTERIA

La neurosis misma, según Lacan, es una especie de pregunta que el sujeto formula por intermedio del Yo. En el caso de una paciente histérica es ¿qué es ser mujer?

En un intento nosográfico, propongo describir los síntomas observables de la histeria, siguiendo las enseñanzas de Juan David Nasio.

En El dolor de la histeria (1991) Nasio apunta que la histeria desde un ángulo descriptivo se presenta como una entidad clínica definida; pero si es tratada desde un punto de vista relacional se concibe a la histeria como un vínculo enfermo del neurótico con el otro. Si se le considera como una vía de la neurosis los síntomas somáticos más comunes con las perturbaciones de la motricidad (contracturas musculares, dificultades en el andar, parálisis de extremidades y faciales); trastornos de la sensibilidad (dolores locales, jaquecas, anestesias en una región limitada del cuerpo); y trastornos sensoriales (ceguera, sordera, afonía); afecciones que comprenden insomnios, desmayos «benignos», alteraciones de la conciencia, memoria o inteligencia hasta estados de seudo coma. Todos estos síntomas se caracterizan por ser transitorios cuya etiología no es orgánica, sino que dependen de una anatomía «eminentemente fantasmática, que actúa a espaldas del paciente».

Nasio prosigue en su descripción acentuando en un rasgo clínico histérico infaltable: la anestesia genital aquejada por intensas inhibiciones sexuales advertidas en la eyaculación precoz, la frigidez, la impotencia y la repugnancia sexual. Paradójicamente el resto del cuerpo permanece muy erotizado y sometido a excitaciones sexuales persistentemente.

La histeria es una forma de sufrir conscientemente en el cuerpo, o sea, convertir el goce inconsciente e intolerable en sufrimiento corporal. La causa de la histeria no es un accidente mecánico exterior y fechable en la historia del paciente, sino la huella psíquica sobreinvestida de afecto; lo que opera no es el hecho o el surgimiento de un exceso de afecto sexual en la infancia, sino su representación psíquica inconsciente que es su huella viva. La razón esencial de la histeria es el conflicto entre una representación portadora de una demasía de afecto, por un lado; por el otro, una defensa desafortunada que hace más virulenta la representación. Freud llama a esta forma como «histeria de defensa», Nasio sugiere que también podría ser denominada «histeria de represión», es decir, que la represión de la huella psíquica del exceso de excitación sexual que en vano quiere fluir. Freud propuso otra forma de histeria, la «histeria de conversión». Ésta consiste en la transformación de la carga sexual descomunal en influjo nervioso igualmente excesivo que actuando como excitante o como inhibidor provoca un sufrimiento somático, es decir, que el exceso de energía libidinal pasa del estado psíquico al estado somático, a sufrimiento corporal. El mecanismo que constituye la histeria de conversión es el fracaso de la sobrecarga en el síntoma somático. (Nasio, 1991: 15-36).

Las histerias abarcan una gran cantidad de complejos sintomáticos que se contaron entre los primeros en ser reconocidos como de origen psicogénico. […] Si bien la histeria tiene que haber tenido siempre los mismos límites, en cuanto entidad patológica, que los que tiene hoy, clínicamente sus manifestaciones se encuentran especialmente sometidos a ciertas influencias sociales -modas, si se quiere- que cambian con la edad y el clima. Los «tics danzantes» de la Edad Media fueron sin duda alguna histerias contagiosas, pero en la actualidad, por motivos evidentes, no se los ve ya. Incluso la hystérie grande, tan corriente hace una generación, apenas es conocida en la actualidad. En una oportunidad pregunté al doctor Ferenczi cómo explicaba este hecho, a lo que contestó lacónicamente: «Eso se debe a que ya no existe la clínica del doctor Charcot. (Kardiner, 1963 [1958] : 29)

Para Kardiner, profesor de psiquiatría, antropología y psicoanálisis en las Universidades de Cornell y Columbia durante las décadas de los ’20 y ’30 del siglo pasado, las histerias comprenden dos grupos principales exclusivamente: la histeria de conversión y la histeria de ansiedad (fobia). Estos dos grupos según el psiquiatra difieren clínica y dinámicamente, por lo que deben ser tratados de manera distada.

En la histeria de conversión, el fenómeno indicativo es una perturbación somática, por lo general sin mucho acompañamiento emocional, salvo el relacionado con los inconvenientes causados por el síntoma. En una fobia existe un violento temor asociado a una idea, objeto o situación, y el paciente se esfuerza por escapar de la situación, por neutralizarla o esquivarla de alguna manera. (Kardiner, 1963 [1958] : 30)

Este autor sugiere que el yo consciente de un sujeto histérico de conversión sabe que sufre pero actúa como si no estuviese preocupado por el conflicto que se inflama en su interior. De modo tal que el síntoma en la histeria de conversión que encapsulado, obturado, y es ahí donde surge la conocidísima belle indifférence del sujeto histérico. Mientras que en la fobia, el yo se encuentra más angustiado entre las exigencias punitivas del superyó y las insistentes demandas del ello y debe intervenir en forma más activa.

Desde un punto de vista subjetivo, resulta fácil ver cómo un síntoma de conversión sepulta en realidad el conflicto, le confiere cierta permanencia y permite que el resto de la personalidad viva en relativa tranquilidad. Pero el sujeto de una fobia es fustigado por ésta a engolfarse en más y más actividades aliviadoras de la ansiedad, actividades por lo general no más eficaces que los esfuerzos de Tántalo. [2] (Kardiner, 1963 [1958] : 30)

Respecto a las manifestaciones de la histeria de conversión, Kardiner nos brinda un caso ilustrativo de un varón:

Un hombre de treinta y siete años se queja de impotencia, que le dura desde hace unos dos años y medio. Anteriormente no experimentaba dificultad alguna en ese sentido. Ello no obstante, dependía en cierta medida de la práctica de la fellatio como placer previo.

Era el más joven de tres hermanos, y durante su niñez fue objeto de muchas humillaciones naturales en su situación, que aguzaron su hostilidad hacia sus hermanos y su padre. Se convirtió en el favorito de su madre. A la edad de ocho años fue seducido por el hermano que le seguía en edad, quien le convenció que se sometiese a la fellatio . Esto continuó durante cierto tiempo, hasta que comenzó a manifestar una cierta resistencia al acto. Fue una especie de «protesta viril». En rigor, esa protesta dominó muchas de las actividades de su niñez. A los catorce años se había desarrollado ya por completo, a los dieciséis usaba bigote y a los diecisiete tenía relaciones sexuales con mujeres. a esa edad se relacionó con una mujer, mucho mayor que él, cuyo principal placer consistía en la ejecución de la fellatio . Sin embargo, él siempre completaba el acto sexual en forma normal. Su potencia era extraordinariamente vigorosa.

Se casó a los veintiocho años y pronto deseó que su esposa tuviese un hijo. Ella, empero, era estéril por algún motivo orgánico relacionado con sus anexos. Esto constituía una privación, bajo la cual el paciente mostró una rápida regresión. Al principio expresó dicha regresión en forma de hostilidad a su esposa, después en la búsqueda de sustitutos como un niño o un perro, más tarde haciendo planes para adoptar a un niño y finalmente en la impotencia.

Un día el paciente declaró que desde la adolescencia estaba sometido a una incómoda sensación cuando se encontraba a solas con otro hombre, sensación que sólo podía aliviar alejándose de la presencia del otro. Luego continuó diciendo que no se consideraba una persona muy viril, que fingía tener una voz profunda, que tenía hombros muy estrechos y caídos, que no tenía vello en el pecho, que sus genitales era demasiado pequeños, etc. finalmente se le ocurrió que su potencia comenzó a declinar después de la muerte de su madre. En rigor, el síntoma apareció después del entierro, mientras el ataúd era bajado a la tumba. En ese momento sintió que sus genitales habían desaparecido. Recordó el hecho inmediatamente, pero no podía ver conexión alguna entre los dos fenómenos.

Las asociaciones hablan por sí mismas. El paciente resolvió su primero conflicto de Edipo volviéndose pasivo, femenino, hacia sus hermanos, en cuanto sustitutos de su padre. Eso se relacionaba con la formación reactiva, en el hecho de excederse por el lado de excederse por el lado de la masculinidad. En la fantasía de la fellatio se identifica con su madre. Como esa fantasía es satisfecha por medio de la fellatio , le es posible entonces ser un hombre. Lo que ocurrió ante la tumba de su madre corrobora esta hipótesis. Identifica sus genitales con el pecho de su madre. Y en la esterilidad de su esposa sufrió, es claro, una severa repulsa a su «instinto maternal».

En este punto de análisis, el paciente recuperó temporariamente su potencia. Ello no obstante, después de un coito exitoso tuvo un sueño en el que un hombre lo masturbaba (lo castraba). Era evidente, por lo tanto, que su mayor resistencia en cuanto a ser potente se encontraba en su profunda homosexualidad. (Kardiner, 1963: 36-38).

Freud en 1900 ya consideraba que el origen de la histeria no era una representación, es decir, la huella psíquica de una escena primitiva de seducción, que deviene en trauma, por parte de un adulto hacia una niña o niño, sino un fantasma inconsciente, que se convierte en una angustia fantasmática. Para Freud el vocablo trauma no se refiere a la noción de un acontecimiento exterior sino que designa un acontecimiento psíquico cargado de afecto, verdadero microtrauma local, centrado en torno a una región erógena del cuerpo y consistente en la ficción de una escena traumática que el psicoanálisis llama fantasma . Y esa angustia fantasmática es el nombre que adoptan el deseo y el goce una vez inscritos en el marco del fantasma. [3]

LAS HISTÉRICAS: PERSONAJES FEMENINOS LITERARIOS POR EXCELENCIA

La literatura nos ofrece abundantes y floridas ilustraciones de la histeria femenina, por citar a un escritor, Jaime Del Palacio, reproduzco fragmentos de uno de sus cuentos. Los siguientes pasajes de La Ménade [4] ejemplifican la posición en falta de la histérica. No sólo busca tener el falo del otro sino serlo. Esta estructura habla de la negación de estar en falta y rumia alrededor de ella: tener o ser el falo. La histérica instituye al Otro como su amo absoluto pero necesita a un amo a quien gobernar y es que la histérica está enferma de un exceso de excitación, pero siempre está insatisfecha sexualmente, porque tacha a esos que no la satisfacen:

[…] allí había grupos de hombres sembrados como gladiolos en un parterre. Me miraban. Yo mostraba ante todos la posesión, el tesoro; lo que todos los seres humanos quieren de la vida. Nadie dejaba pasar inadvertidos los pechos. ¿Qué mujer no envidiaría el lugar ínfimo que mis zapatos pisaban, el golpe sexo de mis tacones sobre el mármol negro?

Pasé frente a esos pobres diablos que por la mañana despiertan con mal aliento, maldiciendo su vida y, al mirarse al espejo, dudan de hundir la navaja al pie de la jabonadura; esos infelices que ya no pueden querer nada porque su ambición se ha entrampado en el juego del entretenimiento cotidiano, y luego, con la máscara que sujetan con todo cuidado frente al espejo, salen a la calle a enfrentar su vacío.

Yo, en cambio, tenía eso que sus mujeres querían de ellos; eso que ellas querían de sí mismas. Yo lo tenía: estaba en las franjas azules del pantalón que me recorrían las piernas desde las caderas hasta el tobillo como un tatuaje y que atraían la atención sobre mis muslos y mis nalgas cubiertas por el polizón del blazer. Estaba detrás de la ropa y del peinado y de la piel; en el fantasma de mis pezones, en la masa imaginaria de los pechos. Estaba en ese hueco, en esa ausencia que se escondía entre mis piernas.

Gracias a esa ilusión ellos podían hacer sus vidas más tolerables y pensar por un instante que podían compartirlo. Gracias a ese fantasma sus mujeres podían ejercer su odio, la más sana de las emociones, la única que garantiza la vida. Su envidia era la más exaltada de las alabanzas a mi propia existencia. (Del Palacio ,2003: 63-64)

[…] Desde la condición de reina humillada le di un bofetón: en aquel cuarto no había más poder que el mío, el de la madre absoluta, el de la sacerdotisa. (Del Palacio, 2003: 69)

UNA MIRADA FEMINISTA SOBRE LA HISTERIA

En el diálogo con el feminismo, la teórica Susan Bordo en su texto The body and the reproduction of femininity: a feminist appropriation of Foucault (1995) nos introduce al estudio del cuerpo como mecanismo reproductor de la feminidad, el cual está normalizado por configuraciones culturales desiguales para las mujeres. Mediante la mística de la feminidad -exigencia tanto de varones como de mujeres-, los cuerpos femeninos poseen un tipo peculiar de requerimientos que las constriñen y sujetan a técnicas corporales en aras de alcanzar ideales femeninos.

El cuerpo es una poderosa forma simbólica, una superficie en la que las reglas centrales, jerarquías, e incluso los compromisos (responsabilidades) metafísicos de una cultura están inscritos y, por lo tanto, son reforzados a través del lenguaje del cuerpo. El cuerpo también puede funcionar como una metáfora de la cultura, como ya lo había señalado la antropóloga inglesa Mary Douglas en Símbolos naturales: exploraciones en cosmología y en Pureza y Peligro: análisis de los conceptos de contaminación y tabú . El cuerpo no es sólo un texto de la cultura también es un lugar práctico, un locus (sitio, posición) directo de control social. Superficialmente, a través de los modales en la mesa y los hábitos de aseo, a través de rutinas aparentemente triviales, reglas y prácticas, la cultura es «hecha cuerpo», como Bourdieu lo propone- convertida en una actividad automática, habitual. Como tal, se pone «más allá del alcance de la conciencia… (intocable) por transformación voluntaria y deliberada».

A lo largo de sus posteriores obras genealógicas (Vigilar y Castigar, Historia de la Sexualidad) Foucault constantemente nos recuerda la primacía de la práctica sobre la creencia. No principalmente a través de la «ideología», sino a través de la organización y regulación del tiempo, el espacio y los movimientos de nuestra vida cotidiana, nuestros cuerpos están entrenados, moldeados, e impresos con el sello de predominantes formas históricas de individualidad, deseo, masculinidad, feminidad.

Partiendo de una búsqueda siempre versátil y de homogenización, el ideal de la feminidad es difícil de alcanzar, convirtiendo a los cuerpos femeninos en lo que Foucault llama «cuerpos dóciles» (aludiendo al requerimiento de y para las mujeres de atender preferentemente el caprichoso cambio en las modas, por demás fascistas), los cuerpos cuyas fuerzas y energías están habituados a la regulación externa, el sometimiento, la transformación, la mejora. A través de las rígidas disciplinas y normalizadoras de la dieta, el maquillaje y la vestimenta, nosotras/os estamos socialmente orientados y enfocados medularmente en la auto-modificación. A partir de estas disciplinas, memorizamos en nuestro cuerpo la sensación y la convicción de la carencia, insuficiencia, de la falta en términos lacanianos. Siempre en los extremos, las prácticas de la feminidad pueden ser llevados a la desmoralización absoluta, el debilitamiento y la muerte, en un registro simbólico, imaginario y real.

Bordo analiza un escenario particular donde la interacción de las dinámicas no sólo son sorprendentes sino ejemplares, considerando que se trata de un escenario limitado y poco común de un grupo de trastornos relacionados con el género femenino y localizados históricamente: la histeria, la agorafobia y la anorexia nerviosa. Reconoce, también, que los desórdenes han estado atravesados por la clase y raza, los cuales ocurren abrumadoramente entre las mujeres blancas de clase media y alta. El mecanismo central que describe implica una transformación (o si se desea una dualidad) de significado (sentido) a partir de condiciones que son objetivamente restrictivas, esclavizantes e incluso asesinas, y que (ahora, esta transformación) viene a ser experimentada como liberadora, transformadora y vivificante.

El cuerpo como un texto de la feminidad. El continuum entre el trastorno de las mujeres y las prácticas femeninas «normales» es tán marcadamente , revelando a través de una lectura atenta de los trastornos en que las mujeres han sido particularmente vulnerables. Estos , por supuesto, han variado históricamente : la neurastenia y la histeria , a partir de la segunda m itad del Siglo XIX y comenzado el siglo XX , la agorafobia y más dramáticamente, la anorexia nerviosa y la bulimia en la segunda m itad del Siglo XX. La sintomatología de estos desórdenes revela por sí misma su textualidad. La autora propone que en la histeria, la agorafobia y la anorexia los cuerpos de las mujeres pueden ser vistos como superficies en la que las construcciones convencionales de la feminidad están expuestas crudamente para ver , a través de su inscripción en formas extremas o hiperliterales. Es decir, que los desórdenes del cuerpo y la psique están estrechamente vinculados con el sufrimiento de las mujeres.

En esa línea Bordo formula que la histeria es una exageración de los rasgos estereotípicamente femeninos. Si consideramos que -probablemente- aludía a las pacientes de Freud, suponemos que estas «damas» (ladies las nombra Bordo) debían estar sujetas a un fantasma de la feminidad, de esa otra Mujer (con mayúsculas) cuyas características debían ser la delicadeza, la pasividad sexual, la mutabilidad (inestabilidad emocional, por demás insostenible). Y considera que los síntomas histéricos por conversión: los empañamientos de la percepción, los olvidos, los temblores nerviosos, desmayos y anestesias varias (mutismo, sordera, ceguera, parálisis corporales) eran concreciones de la mística de la feminidad. Esta noción está basada en las representaciones literarias e informes científicos de la época, en la cual el término histeria era intercambiable o sinónimo de femenino; formalizado, acreditado y «cientificado» en las obras de teóricos masculinos.

De igual manera, califica a la agorafobia, la anorexia y la bulimia como parodias del ideal femenino. La primera brota a la par del ingreso al mercado laboral y las incipientes conquistas por el reconocimiento de las mujeres como sujetos autónomos, por lo que es necesario crear este dispositivo de vigilancia y castigo para ellas. Mientras que la anorexia y el pretendido efecto de la esbeltez se erige como un ideal aspiracional de la belleza femenina. Bordo vincula la delgadez con la retención y dádiva ano-rectal (pero no es lo suficientemente lúcida y da por obvio esta certeza), la mujer debe alimentar a otros, no a sí misma, por lo que se trata de una economía emocional totalmente dirigida y controlada. Para esta ensayista feminista la delgadez es la ciudadela del significado histórico y contemporáneo de la anoréxica. Esto simboliza también el hambre de las mujeres por el poder y reconocimiento público y la renuncia a la insatisfacción sexual y promulga por la liberación de esta energía libidinal contenida.

UN INTENTO DE RESPUESTA

El psicoanálisis plantea que la agorafobia -el miedo a los espacios en los que no se puede recibir ayuda en caso de un ataque de angustia- es un síntoma fóbico que puede estar presente en cualquier estructura psíquica y no es exclusivo de un sujeto sexuado específico, hombre o mujer. Entonces, la fobia no es una entidad clínica o una estructura propiamente, se trata de un síntoma que habla de algo más. Para Lacan el objeto de la fobia es un significante que posee una connotación particular que es llevado a responder eso que no está enunciado y evidencia el vacío, y también una amenaza en la que está involucrado el deseo.

Frigidez

De acuerdo con Marie Langer en su obra Maternidad y Sexo. Estudio psicoanalítico y psicosomático , antaño la sociedad (tomando este término en su acepción más amplia, es decir, grupos de personas o civilizaciones sin considerar estrictamente la geografía o los fenotipos, entre otras cualidades) imponía a la mujer [5] inexorables condiciones y prohibiciones en el terreno sexual y social, pero privilegiaba el desarrollo de sus actividades y funciones maternales. Y argumenta que:

las consecuencias de estas restricciones fueron la gran frecuencia de la histeria y otras manifestaciones psiconeuróticas en la mujer. Sin embargo, parece haber sufrido relativamente poco de trastornos psicosomáticos en sus funciones procreativas. Actualmente el cuadro ha cambiado. En este último siglo la mujer de nuestra civilización ha adquirido una libertad sexual y social totalmente desconocida apenas tres generaciones atrás. En cambio, las circunstancias culturales y económicas imponen graves restricciones a la maternidad. (Langer, 1980 [1964] : 13) [6]

Si consideramos que la histeria no se puede apalabrar porque está apresada por los síntomas, algunos psicoanalistas consideran que la histeria habla a través del cuerpo, de ese cuerpo anestesiado, máxime en la zona genital, aunque el resto del cuerpo sí está erotizado. En la clínica se puede observar que las histéricas y los histéricos llegan a análisis refiriendo malestares asociados a parálisis o anestesia genital como anorgasmia, eyaculación precoz, asco a las relaciones, anorexia sexual, frigidez.

Langer conjetura que la mujer frígida teme la entrega y la feminidad igualmente como la mujer que rechaza el coito como una especie de fobia a la desfloración. Pero la acepta físicamente dado que logra ausentarse mentalmente.

Así tolera la penetración temida porque al no sentirla del todo, la niega en su inconsciente. Si teme al orgasmo como una pérdida de control, al no lograrlo, se siente a salvo. (Langer, 1980 [1951] : 118)

Freud en El tabú de la virginidad interpreta la frigidez como hostilidad contra el compañero sexual, hostilidad que puede estar basada en la envidia del pene y un rechazo de la propia feminidad, según cita Langer. Y afirma que Freud a pesar que brinda basto material clínico de la hostilidad despertada sobre el varón por haber privado a su compañera del himen y haberla obligado a aceptar un papel pasivo, no responde la pregunta del por qué la mujer quiere ser varón y desempeñar un papel más dinámico.

Por su parte, Françoise Dolto, apunta que la frigidez es la insensibilidad genital de la mujer en el curso del coito; la mujer no suprime, sin embargo, la posibilidad de las relaciones sexuales sino que se caracteriza por una ausencia de su deseo de realizar el coito, la ausencia de secreciones vulvo-vaginales, la ausencia de placer sexual y de orgasmo. […] se percibe que la frigidez total, en el sentido de la anestesia genital crónica, es clínicamente rara. Y señala que para algunos autores la frigidez total no existe y que sólo es un decir de mujeres y hombres decepcionados y decididos a resolver tajantemente así la cuestión, por razones psicológicas. (Dolto, 1999 [1982]: 213 ).

ANOREXIA

La actual epidemia de la anorexia es la forma concreta que puntualiza la histeria. Si pensamos que el psicoanálisis surgió a causa de la histeria, podemos concluir que ésta se caracteriza por exhibir un cuerpo enfermo de la verdad (de un goce). Gozar constituye para la histérica un límite peligroso que de lograrlo en un plano absoluto la sumiría en la locura ( folie ), estallaría y la disolvería en la nada. Por lo que prefiere negarse a gozar.

La anorexia es la forma contemporánea de la histeria, las histéricas de Charcot y Freud presentaba en los auditorios de las conferencias y en el diván síntomas histéricos tales como la afonía; las histéricas actuales desplazan el grito invocante del mutismo hacia lo oral (la negación a comer) y lo anal (los problemas gastrointestinales).

La mujer anoréxica es mirada como un sujeto histérico insatisfecho, cuyo síntoma es la madre, el fantasma de la madre. La madre es TODO, por lo que la hija anoréxica no quiere comer o sólo come NADA. El síntoma está instalado en la boca, fuente primigenia de placer y frustración, por eso decide cerrarla y negar la falta (en este caso de alimento). En ella el deseo está obturado, imposibilitado; su deseo está alienado al deseo del otro. Pero su deseo se satisface en la insatisfacción de no ser lo suficientemente delgada o bella. Esto posibilita a la histérica (anoréxica) a no gozar porque su deseo depende del deseo del otro, de la madre, capturado en el fantasma femenino.

Freud, citado por Nasio, establece que el afecto que domina en el fantasma femenino de castración como origen de la histeria, no es la angustia, sino el odio y el resentimiento hacia la madre. [7]

En La moral sexual «cultural» y la nerviosidad moderna (1908) y en El malestar en la cultura (1929) nuestro padre del psicoanálisis -Freud, no Breuer- argumenta que hay un irremediable antagonismo entre las exigencias pulsionales y las restricciones impuestas por la cultura. Si bien la anoréxica busca ideales en la cultura (el ideal de la belleza de las modelos o celebridades), estos son desbancados y la conducen al fracaso, en su búsqueda de reconocimiento como una mujer bella (equiparando la belleza con la delgadez) hace de su vida una mascarada (y es una des-carada). La histérica entonces niega ser un sujeto castrado. Serge Leclaire en su obra Desenmascarar lo real , argumenta que:

La castración, en efecto (y Freud se preocupa por recordarlo), no es una abstracción o su generalidad una separación o una fisura, es la separación de una cosita del cuerpo. […] Para todos, el funcionamiento del cuerpo tiene un nombre, se llama: vivir. (Leclaire, 1991: 41)

Leclaire continúa diciendo que a partir de la palabra «vida» surge una dificultad; tan pronto como se pronuncia esa palabra surge el horizonte de la muerte. Tan pronto como se reflexiona, entonces, son invocados el misterio de la vida o el horror de la muerte. «Basta una nada para que el cuerpo se encuentre virtualmente deshabitado: en ese momento, es sólo un esqueleto, carne, un despojo por anticipado», manifiesta. Así es como vive en lo real la histérica su cuerpo, su imagen, como un desecho. Se encuentra en un estado de asomatognosia, es decir, se encuentra en un estado en el que no siente una parte del cuerpo, quizá la boca o el estómago o el recto, esa parte de su cuerpo está anestesiada, por lo la histeria habla a través de la anorexia. Podemos concluir entonces que la anoréxica es, en efecto una víctima de la mística de la feminidad, una rehén de las restricciones de la cultura que impone un modelo de belleza y que está en la constante búsqueda de su insatisfacción en la perfección de ser mujer. La histero-anoréxica asume una posición fantasmática, por eso es tan frecuente escucharlas decir: «él no me va a querer si no estoy flaca», porque su valía está posibilitada por el otro. Y expresan constantemente su queja de no ser lo suficientemente amadas por un otro, por la madre. De modo tal que logrando estar delgadas y siendo bellas, ellas son un «objeto para ver», ocupan un lugar, pero ese lugar es el de la frustración y también poniéndose como objeto ideal del Ideal, para alcanzarlo como ideal del Otro. La anoréxica es una actriz, porque actúa -vive- una representación de lo qué es una mujer, y a pesar de muchos intentos continúa preguntándose: ¿qué es una mujer?

Notas:[1] Miller escribió sobre el evento como una alegoría de la caza de brujas sobre de quienes se sospechaba de ser comunistas, durante el MCarthismo en la década de los ’50 del siglo pasado.

[2] De acuerdo con la mitología griega, Tántalo cometió los tres grandes pecados de la divinidad olímpica: ofender a un anfitrión, hacer daño a un niño y desafiar a los dioses. En castigo por sus diversos crímenes, Tántalo fue muerto por Zeus aplastándolo con una roca que pendía del Monte Sípilo; una vez muerto fue condenado a seguir sufriendo eternamente en el Tártaro, su tortura consistió en estar en un lago con el agua a la altura de la barbilla (otras versiones del mito relatan que era a la altura de la rodilla o de la cadera), bajo un árbol de ramas bajas atiborradas de frutas. Cada vez que Tántalo, hambriento o sediento, intentaba arrancar un fruto o sorber agua, los frutos se alejaban de él. Además de la constante amenaza de aplastamiento de una gigantesca roca sobre él.

[3] El caso más emblemático de histeria de conversión analizado por Freud, que evidencia los errores del método psicoanalítico y su torpeza clínica, es el caso Dora, que por razones de espacio no se reseña aquí.

[4] En la mitología griega , las ménades son seres femeninos divinos estrechamente relacionados con el dios Dioniso . Las primeras ménades fueron las ninfas que se encargaron de la crianza de Dioniso , y que posteriormente fueron poseídas por él, quien les inspiró una locura mística. Esto las contrapone a las bacantes o basárides , mujeres mortales que emulan a las ménades, que se dedican al culto orgiástico de Dioniso. Literalmente ménades puede traducirse por «las que desvarían».

[5] Siguiendo a Marcela Lagarde en Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, presas, putas y locas , «la categoría más general es la mujer. Se refiere al género femenino y a su condición histórica; expresa el nivel de síntesis más abstracto: su contenido es el ser social genérico. Cuando se usa la voz la mujer se alude al grupo sociocultural de las mujeres. La condición histórica corresponde con la mujer, […] con las categorías comunes a las mujeres: aquellas surgidas en el proceso histórico de la relación entre: biología-sociedad-cultura; sexo-género; cuerpo vivido-trabajo-contenidos de vida.» Mientras que la categoría mujeres, «expresa a las (mujeres) particulares y se ubica en la dimensión de la situación histórica de cada una; expresa el nivel real-concreto: su contenido es la existencia social de las mujeres, de todas y de cada una». (Lagarde, 2003 [1990]: 80, 83)

[6] Langer tiene un sesgo etnocentrista y occidental que desconoce las «realidades» del resto del colectivo del sexo biológico «mujer». Debemos asentar que el concepto «realidad (es)» desde una perspectiva antropológica, dependerá de la observación de un hecho percibida por la conciencia y difiere de las nociones psicoanalíticas de realidad, lo real y lo Real.

[7] La mujer no podría tener angustia de castración en el verdadero sentido del término, pues ya está castrada; no hay para ella ningún peligro de castración. Sin embargo, existe cabalmente un fantasma femenino de castración en el cual la castración no es una amenaza sino un hecho ya consumado. En su fantasma, la niña no tiene la idea del pene sino de un falo que le han robado, y tampoco tiene la idea de la vagina como cavidad positiva sino de la falta de un falo que hubiese debido estar ahí. (Nasio, 1991: 58)

Bibliografía

Bordo, Susan. The Body and the Reproduction of Femininity: a a feminist appropriation of Foucault. The Regents of the University of California , USA , 1995.

Del Palacio, Jaime. Seis mujeres . Joaquín Mortiz Editores, México, 2003.

Dolto, Fran ç oise. Sexualidad Femenina . Paidós, Barcelona, 1982.

Freud, Sigmund. Obras Completas. Tomos II, VII, IX, XIX, XXI . Amorrortu Editores. Buenos Aires, 2008.

Kardiner, Abram. Histeria y fobias en Neurosis y otros textos . (s/e; s/p), 1964.

Langer, Marie. Maternidad y Sexo. Estudio psicoanalítico y psicosomático. Paidós, Buenos Aires, 1980.

Lipovetsky, Gilles. La tercera mujer . Anagrama, Barcelona, 1999.

Nasio, Juan David. El dolor de la histeria . Paidós, Buenos Aires, 1991.

Pérez-Rincón, Héctor. El teatro de las histéricas . FCE, México, 2001.

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