El silencio de las falleras, por Mar Vicent

Escribir sobre la mujer y las Fallas es algo que hay que afrontar el respeto que se merece un fenómeno social y cultural de enorme arraigo, condicionado por unas rígidas reglas de protocolo y funcionamiento que se combinan con una intensísima disposición a la diversión y la fiesta en su estado más puro, con todo lo que ello conlleva de caos y relajación.

Pero siempre es un riesgo opinar sobre un colectivo que aunque domina la técnica de la crítica libre, mordaz y sin hipotecas, tal vez sea proclive a cerrar filas y orejas ante juicios sobre uno de los aspectos esenciales de la fiesta fallera, el papel de las mujeres. Mas aún teniendo en cuenta que esta vez no se trata de hacer una lírica loa a las mujeres falleras donde se ensalce su belleza, garbo y donaire, a modo de ejercicio poético que ya se realiza con aplicación en múltiples actos, sino de resaltar un hecho que no por obvio pasa a veces inadvertido: que además de guapas, las falleras suelen ser mujeres listas y capaces para muchas más cosas que servir las paellas o atender a los niños.
Las mujeres que según los datos indican, son mayoría en el censo fallero, son en este mundo y a diferencia de otros, visibles en pantalla panorámica y a todo color, ubicuas y omnipresentes. Pero protagonizan una película sin sonido, de las antigüas del cine mudo, donde lo que vale es la estética Protagonizan actos y eventos, cumpliendo un papel ambivalente entre la ornamentación y la exaltación. Visibles pero no determinantes a la hora de las decisiones, que cuando se toman y donde se toman, todavía no cuentan con la aportación de las mujeres.
Cierto es que ya han pasado los tiempos, que algunas quizás todavía puedan recordar, en que las mujeres casadas no podían ser falleras de su comisión, ni asistir a los actos de las mismas (cenas, plantá…). O cuando en las comisiones, no podían votar porque se consideraba que “no trabajaban como un hombre”.
Hoy las mujeres ocupan puestos relevantes dentro de las Fallas, pero en un porcentaje todavía ínfimo en relación ya no sólo a los que ocupan los hombres sino a su intensa participación en las faenas cotidianas que no se corresponde con su representación en los puestos de responsabilidad. Las presidentas de Fallas siguen siendo minoritarias porque aunque nadie cuestione que las responsabilidades deben asumirlas quienes mejor preparados y dispuestos estén para ello, independientemente de su sexo, es también cierto que ellas tienen que luchar más, demostrar más su valía en igualdad de condiciones. Esta es la única razón que puede explicar su escaso número, porque no es de recibo que entre tantas falleras que trabajan duro, haya tan pocas que sean válidas para asumir tareas de responsabilidad y decisión. Y las cifras cantan.
Y como en otros ámbitos, el silencio de las mujeres empobrece la fiesta y merma sus posibilidades. A la hora por ejemplo, del diseño del monumento fallero, es fácil percibir que los clichés y estereotipos que se manejan son predominantemente masculinos, que los ninots retratan casi siempre, excepto honrosas excepciones, al mismo tipo de mujer, objeto de deseo o de odio masculino, que a los discursos o intervenciones de las Falleras mayores, cuando pueden hablar además de lucirse, no se les suele exigir el ingenio o la gracia, que se derivan de la inteligencia, sino la sensibilidad y la ternura propias del carácter emotivo que se presupone en la mujer.
No se entenderían las Fallas sin la participación al unísono de mujeres y hombres, pero quizás sería tiempo de reescribir el rol de cada cual admitiendo que ellos no son los únicos capaces de organizar, gestionar y dinamizar ocupando el sillón presidencial, y ellas, aunque sí que son las únicas capaces de soportar durante tantas horas los tacones y aderezos en el moño, pueden además desempeñar cargos de dirección y no sólo de exhibición.

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