El pueblo de las mochilas invisibles (un cuento sobre las acciones positivas), por Inés París

 

Erase una vez un pueblo muy civilizado donde las mujeres y los hombres eran iguales en derechos y deberes. Las diferencias entre los dos sexos no se notaban a simple vista aunque todo el mundo sabía diferenciar a unos y otras porque al nacer las niñas recibían un “regalo” de los ancestros: una mochila invisible.
La “mochila” estaba llena de cosas: el “don de la maternidad” y varios kilos de “amor por los hijos”, la cajita de la “dedicación a los otros antes que a una misma”, el “libro de las costumbres” donde se relataba que durante siglos las mujeres se habían dedicado exclusivamente al hogar y la procreación,” la piedra (un gran pedrusco) de las tradiciones”, el don de la “modestia”, el brillante de la “generosidad”, una bolsa con todas las humillaciones que durante siglos habían sufrido las mujeres antes de que llegara la gran época de la igualdad; tacones, maquillaje, un libro con laxantes y dietas varias y todo un álbum de imágenes de la mujer perfecta para que intentaran parecerse, Y más y más cosas.
En este pueblo cada año se organizaba la “Gran Carrera” que era el orgullo de todos sus habitantes. En la “Gran Carrera” se corría para alcanzar puestos de poder, dinero, trabajo, tierras, casas….todo aquello que uno podía necesitar. La “Gran Carrera” era muy democrática, todos y todas podían participar desde edad muy temprana. No se hacían trampas e incluso se ayudaba a los desfavorecidos para que tuviesen su oportunidad: si alguien tenía que viajar desde lejos y se pensaba que estaría cansado, se le daban varios metros de ventaja, también se les daba ventaja a los que tenían alguna dificultad motora…
Año tras año los primeros puestos en la carrera los ganaban siempre los seres de género masculino. Es verdad que alguna vez una mujer conseguía estar entre los diez primeros. Su hazaña era muy celebrada, recibía homenajes y era considerada una mujer extraordinaria por haber logrado lo que sus congéneres raramente lograban.
Pero una día, dicen los anales que era un 8 de marzo lluvioso a las siete menos cuarto de la tarde, un grupo de féminas pidió hablar con los jefes del pueblo. Estos eran 8 hombres y una mujer muy grande y fuerte que había logrado el segundo puesto en la carrera tres veces consecutivas.
Las mujeres explicaron que algo no funcionaba como debiera en la carrera. “No es justa” sentenciaron muy serias. Sus palabras crearon una alarma terrible: “¿Cómo que no es justa nuestra muy democrática y constitucional carrera?” / “Nosotras cargamos con una mochila que pesa un huevo” dijo una de ellas, bastante malhablada / “¿Qué mochila? -exclamó un hombre desconfiado-, yo no veo ninguna mochila…”/ “No la ves porque es invisible- le explicó una de las mujeres- pero sabes perfectamente que está ahí, la llevan tus hijas y tu mujer ¿o no?” El hombre bajó la cabeza, sabía que lo que le decían era cierto. “La historia de esa mochila y por qué la llevamos las mujeres está grabada en la piedra universitaria, explicó otra, la mochila de las mujeres ha servido para sostener este pueblo durante muchos años” El gran jefe, que no quería seguir con la discusión, planteó la pregunta que todos temían: “¿Qué queréis?”
Las mujeres lo tenían muy claro, llevaban días pensando sobre el tema y se les había ocurrido una solución: “tenemos que tener ventaja al partir” “Solo unos metros -matizó, una de ellas- el equivalente a la desventaja de cargar con la mochila”.
Durante varios días el consejo de los sabios estuvo debatiendo la propuesta de las mujeres. Una cosa les preocupaba más que nada: ¿Y si ahora ganan ellas siempre la carrera? ¿Y si en vez de ocho hombres y una mujer en este consejo somos ocho mujeres y un hombre? La mujer grande y fuerte se extrañó: “¿Qué importaría? ¿No somos todos iguales? Nostras también sabríamos legislar”. El más anciano le sonrió burlón: “No nos preocupa eso, sino quiénes son los siete que se van a quedar fuera”
Finalmente venció el sentido de la justicia. Se convocó la “Gran Carrera” con una línea de salida para las mujeres. No muy lejos de la línea habitual. Y todos partieron… Ese año llegaron más mujeres a la meta. No muchas, pero más que nunca y ocurrió algo muy muy raro… las mochilas invisibles se hicieron menos pesadas.
Cada año que se celebraba la carrera y que más mujeres conseguían poder, trabajo, dinero y tierras… las mochilas se iban adelgazando (se murmura que alguna de las mujeres hizo un agujero en la suya y tiró el libro de la tradiciones que era lo que más le pesaba) Hay quien opina que, a este paso, dentro de unos años las mochilas invisibles habrán desaparecido. ¿No os lo creéis? Bueno, ya os dije que esto era sólo un cuento y en los cuentos todo es posible.
(Dedicado a mi hermana Matilde, la gran viajera que me habló de este pueblo)

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