El grito de Somaly Man, por Pilar Rahola

«Tenía ocho años cuando su hermana la vendió como esclava doméstica. Sus amos le pegaron tanto que se escapó y volvió a casa. Su hermana la volvió a vender a un burdel donde vendieron su virginidad durante una semana, luego la cosieron y la volvieron a vender como virgen, algo que recordaba con horror. Pasó tres años en burdeles obligada a atender a quince clientes al día. Un cliente borracho pasó toda una noche golpeándola y no quiso pagar arguyendo que ella le había robado. La castigaron metiéndola en una jaula. Cuando ya estaba inservible, con sida y tuberculosis, el proxeneta la abandonó en la calle.

Aunque nuestras pupilas de primer mundo pueden dilatarse unos instantes, quizás conmovidas por su relato, lo cierto es que se trata de una historia corriente. Una niña nacida en cualquier lugar de Camboya, una etnia pobre y vulnerable, una infancia en riesgo y, a los 14 años, su joven cuerpo esclavizado y prostituido durante años hasta que un hombre se enamora de ella y la rescata de un prostíbulo de Phnom Penh. De hecho, ha tenido suerte. Muchas de sus compatriotas son vendidas o secuestradas a partir de los cinco años, para ser usadas como esclavas prostitutas. Se llama Somaly Mam, preside la organización camboyana Acción por las Mujeres en Situación Precaria (Afesip), ha sido amenazada de muerte por las mafias, y su libro sobre la prostitución infantil, ‘El silencio de la inocencia’, publicado en el 2006 en Destino, es uno de esos gritos brutales que estallan en el corazón de la conciencia, y se quedan para siempre. Pero como ella misma cuenta, su historia no es la peor, porque la mayoría de esas niñas no salen del infierno. Estas son sus propias palabras: «Le contaré la historia de Tomdy. Tenía ocho años cuando su hermana la vendió como esclava doméstica. Sus amos le pegaron tanto que se escapó y volvió a casa. Su hermana la volvió a vender a un burdel donde vendieron su virginidad durante una semana, luego la cosieron y la volvieron a vender como virgen, algo que recordaba con horror. Pasó tres años en burdeles obligada a atender a quince clientes al día. Un cliente borracho pasó toda una noche golpeándola y no quiso pagar arguyendo que ella le había robado. La castigaron metiéndola en una jaula. Cuando ya estaba inservible, con sida y tuberculosis, el proxeneta la abandonó en la calle. La recogí con once años y me la llevé a casa. Estaba destrozada, sólo sobrevivió cuatro años. Yo la quería muchísimo, la sentaba sobre mis rodillas y la acariciaba. ¿Por qué ahora que tengo una madre, que puedo ir a la escuela, debo morir?». Confieso que no sé cómo continuar. Después de transcribir la historia de Tomdy, ¿cómo relatar el quiebro que siento? Quería dar los datos de prostitución infantil que, según Unicef, hablan de más de dos millones de niñas prostituidas. Quería explicar cómo empiezan a ser vendidas con cinco o seis años, niñas de Nepal, de Camboya, de Vietnam, de India, algunas compradas por jeques para uso personal, otras repartidas por los miles de burdeles de la zona. Quería recordar que, entre sus clientes, son millones los ciudadanos del primer mundo, muchos de ellos gente de orden, padres de familia, hombres de bien. Ni tan sólo necesitan una tarjeta oro para comprar una niña. Quería explicar cómo mueren en las calles de Bombay o Calcuta, después de ser consideradas inservibles. Quería hablar del auge de la pornografía infantil, que mueve sus redes con extraordinaria rapidez, y que, según Ecpat (‘Fin a la prostitución infantil, pornografía, tráfico y explotación sexual de niños’), ha colocado a México en el segundo lugar de este siniestro ranking. Quería decir que esta lacra brutal, que destruye a millones de niños en el mundo, nunca forma parte de las cumbres internacionales, no está en las agendas geopolíticas, no conmueve a las almas sensibles del G-20, no existe en las pancartas de los ruidosos que protestan, no llena los titulares de la prensa y prácticamente nunca habita en ningún rincón de nuestra conciencia. Millones de niños que gritan sin voz, desde los sórdidos rincones donde son vejados, prostituidos, golpeados, violados, usados para gozo de personas que están ahí, abusando de ellos, porque pueden pagarlos. Quería hablar de su dolor, de mujeres como Somaly, quería hablar de nuestro silencio. Pero la historia de Tomdy me ha dejado seca de palabras, hueca, vacía de sentido. Cualquier palabra sobra, porque su historia, que es la historia de miles niñas, lo dice todo, lo es todo, lo grita todo. La cuestión es, ¿cómo es posible que no oigamos su grito?».

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