Buen día a todas y buen solsticio de invierno, por Concha Martínez

Buen día a todas y buen solsticio de invierno.

Estamos a las puertas de un nuevo año, y en estas fechas suelo enviar una carta a las personas que de un modo u otro estáis en mi vida, unas en presencia y otras en conciencia, y algunas a la vez. No suelo tener dificultad para expresarme pero reconozco que este año me cuesta mucho. Esta es una misiva un punto amarga pero también esperanzadora. Los acontecimientos acaecidos durante los últimos meses en lo referente al  desmantelamiento de garantías sociales y asesinatos de mujeres han sido para mí, primero un golpe seco y después una invitación a la reflexión, siempre necesaria, a cerca de mi potencial papel en esta realidad como ciudadana.

Por momentos siento haber perdido la calidez de la pasión. Pasamos la vida buscando claves, respuestas, ordenando fechas, etiquetando la diversidad, ordenando el caos y a menudo devenimos reaccionarias y necrófilas sin apenas darnos cuenta. Permitimos que nos atiborren de deberes día tras día, de misericordias impuestas y con la estampa de resucitadas paseamos el obligado desamparo, con dignidad de pobres, por la urbe gris.

Emigrantes, desplazadas, exiliadas, ancianas ignoradas, niñas prostituidas, mujeres asesinadas, pueblos condenados, inmorales corruptelas, escandalosa injusticia, víctimas sin voz, deuda ilegitima y odiosa, no hay amor en las oligarquías, ni abrazo sincero.

Amanecemos cada día escuchando el grito de la indefensión, el grito de los árboles, de los ríos, de las aguas, de los animales, de la Tierra. ¿Dónde se halla la equidad, la justicia, la dignidad?, ¿dónde?

¿Es una característica básica de la humanidad buscar la igualdad entre desiguales? ¿Por qué no se respeta la diversidad, si como dijo Hanna Arendt, la pluralidad es la ley de la tierra?

Dice Maite Larrauri en su libro “La Libertad según H.A.”, que cada una de nosotras ocupa un lugar en el mundo diferente de las demás, que cada una de nosotras encarna una novedad absoluta y constituye un relato único y por tanto constituye una aportación distinta a la vida.  El mundo se nos muestra de un modo diferente a cada ser humano según su posición en él, sin embargo es el mismo mundo para todas. Esto me lleva a pensar que debemos seguir tejiendo alianzas y trabajando para equilibrar las desigualdades.  Creo que aquí estaremos de acuerdo la mayoría.

Estamos cansadas del habla que ordena y la escucha que obedece. Llamo a la insumisión, a la insubordinación, a la valentía, al respeto por la pluralidad y la diversidad que hacen posible la vida. A correr el riesgo de equivocarse. A formar parte del espacio político que en justicia nos corresponde, evitando el aislamiento y actualizando primero el diálogo con nosotras mimas, y después con las demás, en un ejercicio necesario que si deja de realizarse nos conduce directamente a condiciones totalitarias y reglas de conducta que se sostienen en el miedo, el castigo y la culpa.

Nada de todo esto es fácil, a menudo se pone en riesgo incluso la seguridad personal. Lo sé. Pero que podemos hacer sino. La que opina y muestra públicamente su punto de vista se expone, pero también se manifiesta políticamente. Tal vez llegadas a este punto conviene interiorizar con fuerza que la suma de este tipo de acciones producen cambios positivos en la cadena de fenómenos que se producen de manera inexorable en nuestro país. Y de eso sabemos mucho las mujeres. Esperar lo impredecible, prepararnos para reconocer el milagro de nuestra unión y la capacidad de modificar el mundo no es una misión baladí. Sirva el Tren de la Libertad como muestra.

Personalmente, reconocer la magnitud imponderable de la libertad humana, con sus luces y sus sombras,  me fortalece interiormente y me ayuda a transitar lo cotidiano.

Me he dado cuenta de que en este momento de mi vida necesito equilibrio, y tal vez por eso me he retirado un poco de las redes sociales, lo que no significa que no esté trabajando. Con este recogimiento y esta labor más reflexiva, sobre todo en la línea del ecofeminismo por un lado, y de la denuncia de la violencia de género por otro, y cuyo resultado espero que vea la luz los próximos meses y poder compartirla con vosotras,  estoy consiguiendo atravesar el campo de batalla con menos heridas. No es que las flechas no se claven, o las balas no se hundan en la carne, que sí, que se clavan y se hunden. Pero salir vivas del campo de batalla, aún acribilladas, sin que nos derrumben, caminando y sonriendo porque no hemos sucumbido nos hace ser más fuertes que la muerte. Encontrarme con esa fuente de riqueza, con ese microcosmos que me habita en mitad del pecho y me conecta con vosotras, ese espacio donde puedo perderme sin angustia, es hoy mi principal cometido y los logros que nacen de ese espíritu imponderable y maravilloso es, queridas compañeras de viaje,  lo que comparto con vosotras en este mundo. Así que os invito a seguir laborando sin perder la conexión con el corazón y la escucha hacia dentro y hacia afuera. A reflexionar bien a cerca de en quién depositamos nuestros recursos ya sean económicos, representativos o participativos, porque de ello depende que mundo estamos sosteniendo y que realidad estamos construyendo.

Un fuerte abrazo y feliz travesía para nuestra próxima vuelta alrededor del Sol. La daremos juntas. Os envío en la fotografía que abre la carta una sonrisa sencilla y sincera, un gesto nacido de la poderosa fuente del amor. Gracias por vuestra atención.

Concha Martínez

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